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MUJERES
INCONVENIENTES
Diálogo
con Mónica Baltodano,
Comandante
Guerrillera sandinista
Entrevista
realizada por Claudia Korol.
Sao
Paulo, octubre del 2003.
Mónica
Baltodano ingresó muy joven en el Frente Sandinista de
Liberación Nacional. Fue dirigente del movimiento estudiantil
cristiano de León, y en 1972 se integró al Frente.
En 1974 pasó a la clandestinidad, y fue nombrada responsable
de las redes de apoyo en Las Segovias, especialmente en Ocotal,
Condega, Somoto, Estelí y Matagalpa, hasta que cayó presa
en 1977, quedando detenida durante un año. Integró el
Estado Mayor de Managua, que dirigió la insurrección
en la ciudad, y la liberación de Jinotepe y Granada. Cuando
triunfa la insurrección popular, en 1979, la Dirección
Nacional del FSLN la distingue como Comandante Guerrillera. Tuvo
distintas tareas en el gobierno sandinista. Hoy lidera las corrientes
de la izquierda sandinista, que aspiran a que el Frente se reencuentre
con los ideales originarios, por los que entregaron sus vidas
miles de nicaragüense.
En
esta entrevista Mónica Baltodano habla de la militancia
clandestina, la vida guerrillera, los sueños, los hijos
e hijas, el proyecto político de la Revolución,
las causas de la derrota electoral, las luchas políticas
al interior del Frente, la perspectiva de género en las
batallas emancipatorias.
Para
quienes hemos depositado esperanzas y anhelos en la Revolución
Sandinista, este diálogo, sostenido en octubre del 2003
en Brasil, durante un encuentro de educadores populares organizado
por el CEPIS (Centro de Educación Popular del Instituto
Sedes Sapientiaie), bien puede ser una manera de reencontrarse
con muchos interrogantes que alguna vez nos hicimos, y no tuvimos
con quien compartir... |
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¿Cómo
fue que te acercaste a la militancia? |
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Yo
nací en 1954. Vengo de una familia que era opositora al régimen
de Somoza, mi madre era antisomocista. Era una familia de clase media,
y me pusieron a estudiar en un colegio religioso, de monjas, muy
exclusivo, sin que nosotros tuviésemos las mejores condiciones
económicas para estar ahí. Eso me creó desde
muy niña una gran sensibilidad social. Yo sentí en
carne propia lo que era estar en un mundo en el que te sentías
un poco discriminada.
Mi
sensibilidad se manifestó en los primeros años de
mi vida, en forma de apoyo a las pastorales, de catequesis a los
sectores humildes, en colectas para problemas de hambre o de falta
de vestido. Fui desde los siete años a barrios marginales
a catequizar. Eso me puso en contacto directo con una realidad
que era la más común en mi país: la realidad
de la exclusión social, de la pobreza y de la falta de posibilidades.
Cuando
tuve 15 años, me topé directamente con la lucha política.
Antes había hecho trabajo desde la religión, desde
mi incorporación a los grupos juveniles cristianos, que
trabajaban con una lógica de la caridad. Me topo con la
lucha política cuando cae prisionera Doris Tijerino, la
violan y la torturan. Entonces, las jóvenes del colegio
decidimos ir a la manifestación de repudio a esa violación,
y a exigir su libertad.
Yo
me sentí totalmente identificada con esa mujer. Desde ahí mi
militancia no paró, y aunque el colegio era un poco conservador,
ya había algunas religiosas muy avanzadas, y la profesora
de Sociología nos dio algunos elementos para hacer el análisis
de clase y conocer que en el mundo había sectores oprimidos
y sectores explotadores. Todo eso cayó en mí como
en un campo dispuesto. Yo tenía una gran sensibilidad, y
desde entonces me incorporé a la lucha, siempre desde una
vertiente cristiana.
Empezamos
a organizar movimientos cristianos con apoyo de algunos religiosos
y religiosas. Hicimos un movimiento cristiano intercolegial que
realizó acciones de apoyo a la libertad de los presos políticos. |
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¿Quién
era Doris Tijerino en el momento en que la detuvieron y torturaron? ¿Ya
era reconocida como sandinista? |
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Doris
había sido de una familia de clase media, un poco alta, pero
de formación marxista, revolucionaria. Se incorpora a la lucha,
y cuando estaba en una casa clandestina es descubierta por la seguridad
somocista. Es atacada la casa y Doris es capturada junto con otra
compañera. El compañero que estaba ahí resiste
hasta morir. Es uno de los grandes de nuestra historia: Julio Buitrago.
A
Doris la capturan y la torturan. Cuando la presentan a la prensa –en
aquellos tiempos en que no existía un nivel de conciencia
feminista y de género como el que existe desde ya hace algunos
años–, ella tiene el coraje de denunciar que
fue violada, que un oficial de la seguridad le metió las
manos en la vagina. Se levanta la falda y muestra sus piernas completamente
amoratadas.
Eso
creó un impacto entre las mujeres, y quienes nos llevan
a nosotras a ir a la marcha son algunas de las monjas. Nos movilizamos
desde el colegio, un colegio exclusivamente de niñas. Eso
nos marcó. Yo, en lo personal, digo que mi primer acto de
compromiso revolucionario fue motivado por otra mujer, que es esta
luchadora que después le dio el título a la obra
de Margaret Randall, Todas estamos despiertas, que es
uno de los testimonios más importantes de las mujeres nicaragüenses
en lucha. Doris se mantuvo hasta ahora militando en la revolución. |
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¿En
ese momento te ligaste al Frente? ¿Cómo fue la incorporación
de los sectores cristianos al sandinismo? |
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El
Frente Sandinista ya venía actuando desde 1963, pero trabajaba
sobre la base de la teoría del foco, con la concepción
de grupos guerrilleros a partir de los cuales se iba a ir extendiendo
la lucha antidictatorial y la lucha revolucionaria. Ya se habían
mostrado fracasos en esa táctica, y en 1967 se dio la masacre
del 22 de enero, que fue el cierre de las posibilidades de la vía
pacífica. Se intentó organizar un movimiento opositor
que fracasó y que fue reprimido violentamente por la Guardia
Nacional, en complicidad con los dirigentes de la oposición.
Esto cerró la posibilidad de la vía pacífica,
y se comprendió entonces que la única vía era
la vía armada.
El
Frente Sandinista había iniciado entonces algunos esfuerzos
de reflexión sobre la necesidad de articular al movimiento
popular, y en ese movimiento entrábamos nosotros como jóvenes
cristianos.
También,
en ese tiempo, se estaba haciendo una reflexión entre los
cristianos sobre el compromiso político y sobre el cambio.
Se produce la Conferencia de Medellín. Eso anima mucho a
los cristianos. Nosotros estábamos trabajando en los barrios,
haciendo labor de concientización, de organización
popular.
Ahí entramos
en contacto con el Frente Sandinista, sobre todo con algunos de
sus cuadros, uno de ellos fue Ricardo Morales Avilés, quien
además era un pensador marxista que había llegado
a la conclusión que había que estudiar la realidad
como marxistas, y el marxismo, desde la realidad nicaragüense. Él
siempre insistía en no copiar, no seguir los manuales, sino
encontrar en nuestras propias realidades, las salidas, los retos.
Uno de los retos que él encontró, era el de trabajar
con los cristianos. Ricardo fue un puente importante del Frente
hacia los movimientos cristianos. Ahí me incorporo yo, que
estaba trabajando, cuando tenía dieciséis o diecisiete
años, en tomas de iglesias, tomas de colegios.
Cada
año existía en Nicaragua una jornada por la libertad
de los presos políticos. Dentro de esa jornada nos incorporábamos
bajo nuestras propias formas. Una de las formas fue la toma de
nuestros colegios y la toma de las iglesias. Las iglesias desde
entonces se tomaron en Nicaragua como espacio de lucha política.
En
una de esas luchas, que también incorpora la vertiente de
la defensa del salario de los maestros, la decisión de la
dictadura fue cortar el año escolar para desmovilizar la
huelga. Eso nos dio el espacio de unas vacaciones larguísimas,
que los jóvenes cristianos ocupamos para talleres, reflexiones,
articulaciones centroamericanas. Tuvimos un gran debate, y yo siempre
en el movimiento cristiano mantuve posiciones muy cuestionadoras
de hasta dónde nuestras acciones eran efectivas. Fui una
de las primeras que procediendo del movimiento cristiano se incorporó a
la lucha guerrillera. La misión que nos dieron fue seguir
trabajando en un barrio, e identificar a los líderes naturales
que pasaban de una conciencia social a una conciencia política.
En
1972 paso a las filas del FSLN, y comienzo a trabajar también
en tareas de propaganda, más ligadas a la lucha guerrillera.
Ricardo
Morales Avilés fue, para muchos jóvenes latinoamericanos,
una especie de profeta del sandinismo . Sus textos eran
leídos y se pasaban de mano en mano. Tenían la
fuerza del antidogmatismo y de la poesía… |
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¿Qué recuerdos
guardás de él? |
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Ricardo
era un maestro de secundaria y llegó a ser un profesor universitario.
Su vocación era la pedagogía, la enseñanza.
Eso le dio una especial sensibilidad para la labor de educación
revolucionaria y para escribir. Fue un poeta. Escribió bellísimos
versos y una poesía testimonial muy fuerte. Ricardo Morales
fue hecho prisionero. Cada vez que lo torturaban él decía: “Soy
y seré militante de la causa sandinista”. Hay también
poesía escrita a sus ojos (él tenía ojos verdes),
porque hay testimonios de guardias y de torturadores que dicen que “les
daba miedo las chispas de sus grandes ojos claros”. Eso a nosotros
nos llegaba. Era uno de los ejemplos sobre los que se funda toda
una oleada de militancia revolucionaria que no solamente buscaba
la transformación de las estructuras, sino también
de los valores, de la forma de vida.
Cuando
Ricardo sale de la cárcel, él sigue haciendo vida
semiclandestina. Te cuento una anécdota. Nosotros, los jóvenes
cristianos, organizamos un encuentro latinoamericano de cristianos,
que coincide con el golpe militar en Chile. Ese encuentro estaba
organizado para el 14 y 15 de septiembre de 1973, y llegaron argentinos,
uruguayos, chilenos... Nosotros estábamos impactados
por el golpe. Llegó Ricardo Morales a dar una conferencia.
Eso fue el 17 de septiembre de 1973. Yo recuerdo que algunos luchadores
latinoamericanos cuestionaron su charla, dijeron que no podía
ser que alguien que de verdad estuviera involucrado en la lucha
armada hablara esas cosas; que ese tipo hablaba esas cosas seguramente
porque no era un guerrillero.
Después
de la conferencia se quedó charlando con varias mujeres,
incluyendo a Arlen Siu, que es una chinita que murió en
1976. Ricardo Morales salió a las 6 de la mañana,
y estábamos en el lugar del retiro, muy cerca de donde lo
asesinan. Ricardo Morales fue al encuentro con Oscar Turcios, un
gran dirigente del Frente Sandinista. A él y a otro compañero
que había bajado herido de la montaña, los persiguen.
Ellos resisten. A él lo capturan y lo asesinan. De manera
que el último contacto que tuvo, fue con un grupo latinoamericano,
que entre todos los temas que estábamos analizando, eran
el papel de los cristianos en la revolución, y el por qué de
la derrota de Salvador Allende.
Ricardo
es de los grandes educadores, y de los que lograron hacer una síntesis
entre esos dos grandes momentos de la historia del movimiento revolucionario
nicaragüense, cuando se da esa confluencia y ese vínculo
entre los movimientos cristianos y el marxismo. |
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¿Qué obstáculos
encontraban como jóvenes cristianos, para integrarse en las
fuerzas revolucionarias en ese tiempo? |
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Había
una reflexión colectiva de los cristianos, en la que participaban
sacerdotes, monjas. Esta reflexión tenía como eje central
lo siguiente: nosotros estamos comprometidos con los humildes, con
los excluidos. La situación de los excluidos, de pobreza,
de miseria, tiene causas. No es resultado de una voluntad mágica
o de la voluntad de Dios. Por lo tanto, para transformar esa situación,
hay que involucrarse en los asuntos de la tierra, en los asuntos
políticos.
Eso
era bastante sencillo, la necesidad de la lucha política.
Lo que era más difícil para los cristianos era tomar
las armas. Porque tomar las armas era estar dispuestos no sólo
a morir –mucho más sencillo para los cristianos– sino
a matar. Implicaba una contradicción de conciencia. En esto
nos ayudaron muchísimo Camilo Torres, Néstor Paz
Zamora y otros que se involucraron en las luchas guerrilleras en
Colombia y en otras latitudes. Nos ayudaron las reflexiones que
hicieron sobre la necesidad de matar el hambre, matar la injusticia,
y que si eso pasaba por disparar contra los soldados, había
que hacerlo. Algunos pudimos dar el paso, a otros les costó mucho
más. Algunos no dieron el paso a la actividad propiamente
guerrillera, pero contribuyeron como colaboradores y como parte
del proceso de educación política, en el que fue
verdaderamente masiva en Nicaragua la incorporación de los
cristianos. |
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¿A
qué tareas te dedicaste cuando ingresaste al Frente? |
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Al
principio seguí trabajando con los movimientos cristianos,
para influir en estos debates; pero también empecé a
trabajar en algunas tareas clandestinas, y tuve que hacer reclutamiento
de jóvenes.
En
1974 se dio uno de los golpes más grandes del Frente Sandinista,
un secuestro masivo que se realizaba en una fiesta en la que estaba,
incluso, el embajador norteamericano.
Para
organizar ese golpe se creó un comando que estuvo en entrenamiento
durante varios meses. A mí me tocó trasladar a una
compañera obrera –que yo había reclutado
en uno de los barrios donde trabajaba– a la clandestinidad.
Esta muchacha, Merceditas, que después dio su vida –precisamente
con una hermana de Ricardo Morales, Adrianita Morales, murieron
en el año 78, fueron descubiertas en una casa de seguridad
y fueron asesinadas–, la madre de esta muchacha se descontroló cuando
se dio cuenta que su hija se había ido a la guerrilla, y
me denunció. Tuve que pasar a la clandestinidad poco tiempo
antes de este golpe, que terminó con un período que
se llamó “acumulación de fuerzas en silencio”. |
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¿En
qué consistió esa etapa de “acumulación
de fuerzas en silencio”? |
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El
Frente Sandinista, después de la derrota de la guerrilla de
Pancasán, en 1967, decidió pasar a un período
de acumulación de fuerzas en silencio que fue: trabajo
popular, trabajo de base, trabajo campesino, sin acciones armadas
públicas.
Hasta
que en 1974 se rompió el silencio, con esa gran operación
que permitió liberar a 17 presos políticos que estaban
en las cárceles, todos eran dirigentes, y permitió conseguir
un dinero fundamental para seguir la lucha. Pero, también,
significó la apertura de un período muy terrible
de represión, que de alguna manera ayudó a la radicalización
de la lucha. La represión se hizo tan masiva que, prácticamente,
no había familia que no tuviese que optar entre hacer nada
o enfrentar a esa dictadura que estaba matando y asesinando a tanta
gente. |
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Entonces
te fuiste a la clandestinidad… |
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Cuando
ingreso a la clandestinidad, yo ya tenía una gran experiencia
política. Yo sostengo que ésa es una contribución
que hicimos los cristianos. Hay una diferencia entre quienes hicimos
trabajo popular, tuvimos la experiencia de trabajo de educación
popular, de creación de redes populares, y quienes sólo
estuvieron vinculados a la lucha militar.
De
alguna manera eso marcó también las formas de hacer
trabajo político en el gobierno sandinista. Porque una corriente –que
fue la predominante porque manejó mejor los asuntos militares–, predominó después
en el gobierno sandinista, y marcó una cierta insensibilidad
para las formas de hacer el trabajo político e ideológico.
Mi
tarea siempre fue de dirección política o militar,
porque la organización era política y militar.
Trabajé en el norte: en Ocotal, en Somoto, en Estelí.
La represión ahí era terrible. Por ejemplo, en
Nueva Segovia, en un departamento al Norte, se desató una
represión en la que caen casi 800 prisioneros y destruyen
todas las redes. Yo estoy en esa ciudad, y me toca reconstruir
todas las redes clandestinas allá en el norte, en los
años 75-76, hasta mediados del 77, cuando caigo presa. |
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¿Cómo
viviste la prisión? |
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Estuve
un año presa. Logro salir porque coincide con un período
de presiones internacionales muy fuertes contra la dictadura, que
obligan a la dictadura a levantar el Estado de Sitio y el Estado
de excepción.
Habían
jurado que en 20 días nos condenaban a 30 años en
consejos militares. A mí no me hicieron consejo militar,
porque yo caigo precisamente en el momento en que se suspende el
Estado de Sitio, por presiones de EE.UU., y me hacen un jurado
normal, que me absuelve. Pero la dictadura no me suelta, y quedo
detenida arbitrariamente. Después se hace una huelga que
coincide con el aislamiento en el que estaban Tomás Borge
y otros. En la campaña meten también “libertad
para Mónica”. Salgo libre en el 78. |
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Cuando
salís en libertad, ya se está en la última etapa
de la lucha antisomocista… |
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Sí.
Salgo en el 78 y quedo de responsable de una de las tendencias. El
Frente Sandinista se había dividido en tres tendencias. Yo
fui la responsable político-militar de Managua en todo el
78 y el 79. En el 79 integro la Dirección Conjunta de Managua,
y formo parte del Estado Mayor que dirige la insurrección
de Managua, que tiene que terminar en un repliegue táctico:
en un momento nos vamos de Managua con 3.000 pobladores. Una marcha
clandestina famosa, porque fue una operación muy exitosa.
Y con las fuerzas militares que llevábamos de Managua, que éramos
unos 150 hombres y mujeres armados, orgánicamente, con fusiles,
logramos concretar la liberación de varios pueblos, entre
ellos Jinotepe y Granada.
De
Granada hay una anécdota que ha recogido Eduardo Galeano
[Memorias del Fuego, 3]. Cuando yo estoy gritándole
a los guardias, y a la plaza, al comandante de la Guardia, que
se rinda, y hay bastantes guardias porque se habían venido
retirando de otras ciudades, el coronel de la Guardia sale a rendirse.
Cuando yo gritaba, él no identificaba que yo era mujer.
Yo gritaba desde muy largo: “¡ríndanse, ya no
tiene futuro la dictadura!”; “¡las fuerzas sandinistas
han avanzado en todos los pueblos!”. Todo lo que se decía
a un comando para rendirlo. Ya lo teníamos completamente
rodeado. Habíamos tomado pequeños grupos de resistencia,
y sólo quedaba el comando central de Granada, que es una
de las ciudades más importante de Nicaragua.
El
coronel sale, y cuando ya estaba cerca de donde estaba yo gritando,
dice: “Quiero negociar las condiciones de mi rendición,
quiero hablar con el jefe”. Le digo: “Usted va a hablar
conmigo, porque yo soy la jefa”. Entonces dice él: “¡Ah,
no! ¡Yo no me rindo ante una mujer!”. Y le dijeron
los compañeros: “Pues, te vas a tener que rendir porque
ella es la jefa”. Ésa es una anécdota que recoge
Galeano en uno de sus escritos. Fue la última operación
que hacemos. Después entramos a Managua victoriosos, el
19 de julio del 79, con todas las fuerzas que nos habíamos
replegado desde Managua. |
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Una de las experiencias
que aporta el sandinismo, sobre todo en la etapa de combate a la
dictadura, es la incorporación de la mujer a todas las tareas
de la guerrilla. Sin embargo, me imagino que el proceso debe haber
sido complejo. Recuerdo que incluso el Che propone en Guerra
de guerrillas que la mujer puede ser integrada, en tareas de
acompañamiento de la guerrilla, pero no como combatiente,
con mando de tropa. ¿Cómo fue la experiencia concreta? |
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Costó mucho.
Esa etapa la describen muy bien Doris, Olga Avilés, Gladys
Báez, que son las mujeres que hacen presencia en los años
60, en los años de fundación del Frente Sandinista.
Al comienzo las tareas eran de apoyo.
Sí,
se hace un debate, en el que contribuye muchísimo esa entrada
de jóvenes provenientes del movimiento cristiano, de una
experiencia de participación popular en donde se reivindica
el liderazgo de las mujeres y la presencia de la mujer en distintas
tareas. Hay una influencia de ese trabajo popular hacia las filas
del Frente Sandinista. Pero, también, hay que reconocer
a algunos líderes que hacen reflexión sobre eso,
entre ellos Ricardo Morales, que fue uno de los que más
reflexionó sobre ésto; y otros vivos, como Bayardo
Arce, que fue de los que defendió más el derecho
y las calidades de la mujer para ocupar cualquier responsabilidad.
Eso seguramente tenía que ver con las experiencias de trabajo
estudiantil.
Hubo
debate, hubo lucha, hubo pelea para conseguir que no hubiese discriminación
en ese sentido. También nosotras rescatábamos la
experiencia de mujeres indígenas resistiendo. Hablábamos
de manera muy concreta de las mujeres indígenas y también
de las mujeres que ayudaron a Sandino, que tomaron las armas con
Sandino, como Teresa Villatoro, de origen salvadoreño, que
luchó con las armas en la mano con Sandino. Sandino lo rescata
en alguno de sus escritos.
Nosotros
decíamos: las mujeres pueden hacer cualquier tarea, inclusive
la tarea de dirigir grupos militares, tomar las armas y disparar.
De manera que, en el primer golpe grande que da el Frente Sandinista,
en el año 1974, ahí van dos mujeres. Una Comandante
Guerrillera: Leticia Herrera, y otra: Olga Avilés. Y en
el comando del 78, Dora María Téllez es la principal
dirigente política del Comando. Es la principal negociadora
dentro de la fuerza militar. Es la principal responsable del proceso
de consecución de los objetivos, y tuvo una posición
muy firme en ese proceso. |
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¿Con
qué tipo de resistencias se encontraron? |
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Yo
creo que había resistencias y consideraciones. Recuerdo muy
bien una anécdota, cuando pasé a la clandestinidad.
Había una mujer campesina...
Por
cierto, ahora ella es una de las más altas jefas de la policía
de Nicaragua, se llama Ana Julia Guido; ella debía haber
sido Comandante Guerrillera, pero cuando se otorgaron
las órdenes de Comandantes Guerrilleros, ahí dijeron:
tres mujeres y como 25 hombres. Habíamos muchas más
mujeres que podíamos haberlo sido, por lo menos unas diez
más; hubo una discriminación real y objetiva. Había
mujeres con muchos más méritos y muchas más
calidades que algunos Comandantes Guerrilleros, y que a ellas no
se les dio, porque había cierta discriminación, que
siempre permaneció.
Entonces
te cuento la anécdota: Ella es menor que yo, tenía
entonces unos diecisiete años, porque entró muy niña
a la guerrilla. Hacíamos muchísimos ejercicios, y
muchísimas operaciones, ejercicios de arrastrarnos. Era
muy duro físicamente el entrenamiento. Había uno
de los responsables que nos decía: las compañeras
esperen, no tienen que hacer todo. Yo me aprovechaba y me sentaba,
porque estaba cansada. Entonces ella me decía: “No. ¿Por
qué? ¡Por eso es que no nos respetan a las mujeres,
porque queremos aprovecharnos para hacer menos ejercicios y para
ser menos exigentes con nosotras mismas”.
Yo
recuerdo siempre eso, y le hago el mérito a ella. Eso me
hizo reflexionar a mí. Recuerdo que en esa época
empecé a leer perspectiva de género. Leí algunos
libros sobre la lucha de la mujer, de parte de algunas feministas.
Y tuve unos encontronazos fuertísimos.
Una
vez con Pedro Aráuz –que fue uno de los grandes
líderes de la resistencia, que murió en 1977– estábamos
en una casa rural, y me pide que le lave el pantalón;
que tiene que salir y que le lave la ropa. Yo le digo que no,
que no pasé a la clandestinidad para lavarle pantalones
a nadie. Se puso molestísimo, encachimbado ,
como decimos los nicaragüenses, y me dijo: “Compañera,
yo estoy clarísimo que usted no ha venido a la clandestinidad
y a la guerrilla para hacer labores domésticas”.
Él
era muy alto y blanco, un hombre de ciudad, chele –como
le decimos en Nicaragua–. Me dice: “¿Qué creés
que va a pensar la gente campesina, si me ve lavando un pantalón,
cuando aquí yo soy un hombre extraño, no tengo
cara de campesino, y va a ver un hombre chele, blanco, lavando
un pantalón? ¿Qué va a pensar? Yo no te
estoy pidiendo que me lavés el pantalón porque
yo crea que las mujeres deben lavar los pantalones”.
Ese
fue un encontronazo. Y también en esa casa campesina
yo miraba al campesino con una relación muy machista con
la campesina. Comencé a hablar con ella, y se crearon
ciertos conflictos. Esos fueron mis primeros pasos en esa dimensión
de género: de entenderme como mujer que tenía mis
derechos específicos, que tenía una realidad de
discriminación y de subordinación histórica,
y que en nuestra militancia y en nuestra integración,
no sólo estábamos buscando la emancipación
de los nicaragüenses, de ese tuquito de humanidad
que estaba en nuestro país, sino también la emancipación
de las mujeres.
Obviamente
en mi juventud, en esos años, tuve que entrar en choques
muy grandes con algunos líderes, pero también con
algunas mujeres. Por ejemplo, yo era la jefa, la responsable político-militar
de Estelí, en 1977, y en la casa donde vivía a veces
llegaban compañeros que estaban de tránsito, combatientes
de base.
Trabajar
en la clandestinidad urbana es muy complejo. Teníamos que
trabajar toda la noche, y en el día no podíamos movernos.
Esa condición permaneció hasta el 78 e inicios del
79, en el que la lucha se hizo tan masiva que éramos clandestinos,
pero andábamos a cualquier hora del día haciendo
tareas.
En
ese período, las tareas las hacíamos particularmente
en la noche. Yo llegaba y dormía en el día. La compañera
que estaba en la casa no lo entendía. Ella quería
que yo llegara y la ayudara a lavar, a cocinar, a planchar. Estaban
los compañeros, que no habían ido a reuniones en
toda la noche, estaban de paso, iban tal vez a otra región.
Yo le decía: “Compañera, yo no la puedo ayudar
porque vengo de estar toda la noche en reunión, pero ellos
pueden hacerlo”. Pero ella no quería que los hombres
la ayudaran, porque “los hombres no pueden hacer esas cosas”.
Quería que yo lo hiciera.
Había
todo un debate con las mujeres, con las colaboradoras, sobre el
rol dirigencial, y que nosotras teníamos otra cosa que hacer,
y que no estábamos en la clandestinidad solamente para hacer
tareas auxiliares, o lavar, o planchar, como se pensaba que era
la labor tradicional doméstica exclusiva para las mujeres.
Por
una serie de factores, eso no fue para mí muy traumático.
Cuando tuve responsabilidades militares, y, en la propia insurrección,
la jefatura de tropas, no fue nada traumático. Habíamos
muchas mujeres al mando de tropas, y no lo he interiorizado como
algo traumático. Más bien te voy a decir que después
tuve más traumas en esa materia, en la clandestinidad no
tanto. Puede ser también una combinación de que yo
no estaba tan consciente de manera permanente del tema de género,
o que realmente las condiciones en que se libró la lucha
guerrillera no convirtieron a eso en un asunto tan traumático.
La
verdad es que hubo un rol protagónico de las mujeres en
varios frentes guerrilleros. En el Frente Occidental estaba Dora
María Téllez, Leticia Herrera, Lourdes Girón.
Había una gran cantidad de mujeres con mando, que no hubo
discusión sobre sus jefaturas. Fue más bien
después, que habiendo hecho tanta labor, y habiendo combatido
y resuelto tantos obstáculos, no se nos dio suficientes
espacios como merecíamos. |
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¿Y
cómo era la concepción que tenían de la pareja,
del amor, en esas duras condiciones? |
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Se
desarrolló una gran libertad en materia de parejas. Primero,
no creíamos en el matrimonio formal, en el matrimonio que
tuviese que ser realizado por la vía de un acto religioso
o civil. Simplemente, si había un hombre y una mujer que se
entendieran, podían pasar a formar pareja.
En
el caso personal, yo tenía mi novio en la vida legal, que
se fue primero a la clandestinidad. Después lo reencontré en
la clandestinidad. No pudimos estar conviviendo juntos mucho tiempo.
Hubo períodos en que coincidíamos y largos períodos
en que no podíamos coincidir, por las tareas revolucionarias.
El hecho de formar una pareja no significaba que teníamos
que convivir permanentemente en un techo, sino que establecías
un vínculo, un compromiso, una relación, que la misma
vida iba a mostrar si permanecía o no.
En
la guerrilla, en los campamentos, la guerrilla rural fue absolutamente
terrible y dura. Por eso se considera que fue una escuela de formación.
Precisamente la discusión sobre el teatro de operaciones,
sobre la necesidad de desarrollar otros frentes –y
especialmente el frente urbano– es lo que dio lugar
a las tres tendencias, produjo la división del
Frente Sandinista.
Quienes
creíamos que el teatro de operaciones fundamental debía
ser la zona rural, nos agrupamos en la tendencia que se llamó “Guerra
Popular Prolongada”. Esa guerrilla rural, de montaña,
en lugares donde prácticamente los campesinos vivían
de manera muy aislada, tuvo serias dificultades para desarrollarse,
y fue cercada permanentemente por el enemigo.
El tercerismo,
fue la tendencia insurreccional que planteó llevar la lucha
a las ciudades. |
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¿Quiénes
son los dirigentes de las tendencias ? |
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Los
más conocidos del tercerismo fueron los Ortega,
Daniel y Humberto, y Víctor Tirado. Está también
ahí Joaquín Cuadra, Dora María Téllez.
En la Guerra Popular Prolongada estuvo Tomás (Borge),
Bayardo (Arce), Modesto (Henry Ruiz), que era el principal
jefe de la montaña, y otros Comandantes Guerrilleros, como
René Vivas, Mónica Baltodano, David Blanco. La otra
tendencia fue la más ortodoxa en términos de marxismo,
que se llamó “Tendencia Proletaria”. Planteaba
la necesidad de desarrollar la lucha proletaria, y la organización
como un partido comunista. Ahí estaban Jaime Wheelock, Carlos
Núñez, Luis Carrión. |
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Estábamos
hablando de la guerrilla y el amor... |
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La
guerrilla de la montaña fue una escuela enorme. Prácticamente
todos los altos jefes del Frente Sandinista pasaron alguna vez por
la montaña, y especialmente los que desarrollaron una mística
muy especial, como El Zorro, Francisco Rivera...
La
guerrilla de la montaña también tuvo sus parejas,
que en general fueron entre guerrilleros de la ciudad y campesinas.
Porque muy pocas mujeres de la ciudad se lograron incorporar a
la guerrilla de la montaña. Una de ellas fue Ana Julia Guido,
esa que te decía que me recriminaba por no ser suficientemente
fuerte.
Como
la convivencia era en campamentos muy formales, con mando y dirección
militares, muy verticales, había que pedir permiso al responsable,
y el responsable formalizaba el matrimonio de la pareja. Se hacían
bonitas ceremonias en la montaña, que después se
desarrollaron muchísimo, sobre todo en las insurrecciones.
Las
insurrecciones fueron por oleadas. Las del 78 generaron miles de
incorporaciones. Entonces se creaban campamentos de guerrilleros
en las zonas rurales, en los alrededores de los pueblos. Ahí se
practicaban con frecuencia los ritos del matrimonio guerrillero.
Pasaban debajo de los fusiles, con las banderas. Se hacían
ciertas celebraciones. Era un matrimonio guerrillero hecho con
cierta oficialidad. Se anunciaba a todo el mundo que habían
decidido contraer matrimonio y crear una relación estable. |
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¿Cómo
se planteaba entonces el tema de los hijos? |
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Yo
salí embarazada en 1975. Tuve mi hijo en agosto del 76. Fue
muy duro. La experiencia más traumática de toda mi
vida guerrillera fue la separación de mi hijo. Fue la única
vez que yo dudé si valía la pena seguir en esa forma
de lucha clandestina. Fue terrible.
Yo
pasé casi un mes completo llorando, cuando tomé la
decisión de mandarlo con mi mamá y desprenderme de él,
cuando apenas tenía tres meses. Sólo había
podido estar con él dos meses, porque el primer mes lo mandé a
la casa de unos colaboradores, pero fue peor. Yo lo llegaba a ver
a los 10 días y decía: “Ya no me conoce”.
Yo
lloraba, sentía una cosa muy dolorosa y dura. Un médico
me dijo: “Te vas a enfermar”. Lo mandé con mi
mamá y me sentí un poco más tranquila. Pero
fue la cosa más dura que yo viví en la lucha clandestina,
y expresa de alguna manera la necesidad del ser humano de continuarse,
de darse continuidad. Porque yo no sabía si iba a vivir
o morir, y mi compañero tampoco. Pero teníamos necesidad
de reproducirnos y dejar una continuidad de nosotros y de nuestra
relación de pareja, y no era fácil.
Eso
lo conozco también en el movimiento guerrillero salvadoreño.
Es la parte más difícil de la mujer que se incorpora:
la separación de los hijos. Y debe haber sido más
terrible cuando mujeres con hijos dejaban a los hijos y se iban
a la clandestinidad.
Yo
admiro muchísimo a esas mujeres, porque se requería
mucho coraje, mucho valor, y sobre todo mucha convicción
de que se estaba en una lucha que lo ameritaba realmente, y que
implicaba sacrificarnos y darnos todo. |
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¿Cómo
fue el 19 de julio? |
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El
propio 19 de julio nosotros marchamos desde Granada, el reducto de
la Guardia que acabábamos de conquistar, hacia la ciudad de
Managua. Nosotros éramos de Managua. Habíamos salido
de Managua después de 21 días de resistencia heroica.
Porque nosotros tomamos una cantidad de barrios de Managua, pero
las tropas de élite de la Guardia estaban ahí, ahí estaba
el dictador.
Nosotros
estábamos a unas cuadras de las principales fortificaciones
de Somoza. Lo que hicimos fue aprovechar ciertos cauces de Managua.
Managua tiene grandes cauces que vienen de la sierra, y son unos
hundimientos naturales que contenían el avance de los
tanques. Nosotros aprovechamos algunos de ellos para crear ahí algunos
focos de resistencia. Por lo tanto, las fuerzas que nos habíamos
ido de Managua, volvíamos con una doble ilusión.
No éramos fuerzas que venían del norte. Éramos
de Managua y regresábamos a Managua.
Fue
muy lindo porque toda la población salía a las carreteras. ¡Yo
no sé de dónde salieron tantas banderas rojas y negras,
tantas flores, tantas frutas para darles a los que veníamos
victoriosos! Había grupos de ciudad que venían a
nuestro encuentro en carretones, carretas, bicicletas, motocicletas.
Se usaron todos los medios de transporte para ir a encontrarnos
y formar parte de una gran manifestación que significó la
entrada a Managua.
Nosotros
no sabíamos si en Managua había resistencia. De hecho
todavía encontramos algunos grupos armados que hicieron
unas últimas escaramuzas. Pero, ya la mayoría del
Ejército de Somoza se había desarmado y había
abandonado los principales cuarteles.
Esa
noche la recuerdo como una noche de trabajo, porque como había
grupos armados todavía, tuvimos que pasar haciendo postas,
y cuidando lo que fue el búnker, donde estaba parte de la
Dirección Nacional. Todavía no había llegado
la Junta de Gobierno.
Recuerdo ésto:
como nosotros éramos una fuerza que había ido de
Managua a Masaya, de Masaya a Carazo, de Carazo a Granada; después
que tomamos Jinotepe, estuvimos ahí como diez días
antes de ir a la toma de Granada. En esos diez días aprovechamos
para hacer ejercicios de desplazamiento de tropas, de pelotones,
ejercicios militares. Nuestro batallón, «Rolando
Orozco» (Rolando Orozco fue un compañero que había
caído en la toma de Jinotepe, murió a mi lado),
tenía varios pelotones de mujeres. Cuando llegamos nosotros
a Managua, a la EEBI (Escuela de Entrenamiento Básico
de Infantería, las tropas de élite de Somoza),
ellos tenían unos uniformes muy bonitos y unas boinas
rojas. Yo les puse a las mujeres, a todas, sus boinas rojas.
El día 20 formamos a todo el batallón, y se miraban
las mujeres con sus boinas. Las desplazamos, marchamos. Habíamos
agarrado los uniformes nuevos, las boinas, y se veía muy
lindo. Era la tropa más bonita de toda la guerrilla. Marchamos
a la Plaza de la Revolución.
Yo
entré a la Plaza de la Revolución en un motorizado,
con Humberto Ortega y Bayardo Arce –que era mi compañero– y
con otros comandantes. Eso era una cosa emocionantísima,
porque era todo el pueblo volcado a la Plaza de la Revolución,
encaramados a los pocos y flacos edificios que quedaban, pues la
Catedral estaba toda destruida, y el Palacio también.
Estaban
montados en los árboles. Hay un poema de Galeano: “Llenos
los árboles de banderas rojas y negras, y de niños
convertidos en hombres por la lucha”. La gente se encaramaba
a los árboles, y yo no sé cómo no se caían
de tanto peso. Fue un día histórico, emocionante,
lleno de alegría.
Yo
te quiero decir que cuando iba entrando a Managua por la carretera
de Masaya, ya era tardecita, como las cuatro de la tarde, soplaba
un viento fresco. Yo sentía que debía respirar profundamente,
y que esa respiración iba a oxigenar a todos los compañeros.
Porque muchos compañeros y compañeras cayeron. Yo
había tenido la noticia en el frente que una hermana mía
había muerto. Ella tenía 17 años entonces,
murió el 15 de junio. Y tenía otra hermana que había
perdido las manos, y por lo tanto tuvo que salir. Ya cuando tomamos
Masaya se fue en un avión con varios heridos. Tenía
15 años entonces.
Yo
sentía que la victoria no la podían disfrutar todos
los que habían caído. Escribí un pequeño
poema, que por ahí quedó perdido, que decía
algo así como: “quiero respirar fuertemente, para
que con esta respiración puedan sentir este aire, este viento,
estos olores, los que han caído por hacer realidad esta
victoria”. Algo así decía. |
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¿Cómo
fue el reencuentro con tu hijo? |
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Yo
tuve la dicha que caí presa en 1977. Mi hijo me llegaba a
ver a la cárcel cuando tenía un año y medio.
Las
cárceles para las mujeres guerrilleras fueron quince veces
más duras que para los hombres. En la Cárcel Modelo,
donde estaban los hombres, ellos tenían sol, tenían
visita conyugal, tenían encuentro con sus hijos en lugares
sin rejas. A las mujeres nos tenían en las peores condiciones.
Por eso tenemos un grupo de mujeres que nos reunimos todavía
periódicamente, como ex-presas.
Fuimos
muy valientes. Hicimos acciones en la cárcel que no hacían
los hombres. Por ejemplo, rompimos las paredes para comunicarnos,
porque nos tenían en celdas pequeñitas, de dos por
tres. Nos tenían aisladas, una en cada celda. Y hacíamos
unos ingentes esfuerzos de comunicación para romper el aislamiento.
Cuando veíamos a nuestros familiares, no los podíamos
tocar porque teníamos rejas en el medio. De manera que mi
hijo me miraba, y no me podía tocar. Pero mi mamá le
explicaba que yo era su mamá. Entonces me miraba y se tapaba
los ojitos. Porque era una contradicción para él.
Cuando
salí de la cárcel, yo pasé inmediatamente
a la clandestinidad. Estuve una noche con él y tuve que
irme de nuevo. Mi madre hizo un gran esfuerzo, para no hacerme
sentir distante. Pero ella lo amaba, para ella era su hijo.
La
parte final de la lucha fue durísima para él. Mi
hermana había perdido sus manos. Mi mamá ya no hallaba
qué hacer. Su hija herida. Su nieto pequeñito. Se
fue a una embajada. Las embajadas eran campos de concentración;
estaba tan masivo aquello que era terrible. Mi hijo sufrió muchísimo,
porque era un hacinamiento, y había de todo allí,
gente incomprensiva, que lo golpeó incluso.
Cuando
yo me voy con el repliegue, le pido a un compañero que busque
a mi mamá, y que la saque de la embajada y me la lleve por
rutas clandestinas. Me llevó a mi mamá, a mi hermana,
que había perdido sus dos manos, y a mi hijo. Como estaban
llegando los aviones que llevaban municiones, y salían con
heridos, ahí se fue mi mamá con mi hijo hacia Costa
Rica.
Yo
lo vuelvo a ver a mi hijo después del triunfo. Él
no quería nada conmigo. Él decía que yo no
era su mamá. No tenía tres años. Él
pasaba preguntando: “¿Y mi mamá? ¿Y
mi mamá?”. Cuando yo iba a llegar a la casa, él
salía a la carrera y se metía debajo de las faldas
de mi mamá, de su abuelita, y decía: “¡No
quiero nada! ¡No quiero nada!”.
Era
un sentimiento contradictorio que expresaba su molestia porque
yo no había estado con él. Yo me vuelvo a juntar
con mi compañero, porque habíamos estado uno por
un lado y otro por el otro, y habíamos tenido diferencias.
Yo me llevé a mi hijo casi a la fuerza conmigo. Yo decía,
en medio de mi juventud: “Me lo quieren robar”. Agarré a
mi niño, y me lo llevé conmigo.
Lloró él
muchos días buscando a mi mamá. No quería
estar conmigo. Tuvimos una relación traumática los
primeros meses. Él había vivido eso de las bombas.
Cuando estuvo en Masaya había bombardeos todos los días,
y tenía que correr a meterse debajo de los refugios. Como
a los tres meses de vivir conmigo, yo lo llevé a esos lugares,
y él no recordaba absolutamente nada. Él lo que hizo
fue borrar de su memoria toda esa etapa, y casi no la recuerda.
Es una manera de cerrarse a una etapa que seguramente fue muy dura
para él.
Hay
otras madres que optaron por un camino más fácil,
y ahora les pesa muchísimo. Dejaron a sus hijos con las
abuelas. Yo opté por un camino que fue más difícil
para mí, en ese momento, pero que ahora me recompensa. Porque
yo decidí asumir mi rol de madre, y lo tomé conmigo,
casi con cierta violencia... ¿no?
Los
primeros días yo dormía con él en la
cama, para que él pasara ese tránsito. Porque él
no quería estar conmigo, porque yo no era su mamá –decía él–.
Mi mamá le decía que yo era, y él lo había
venido sabiendo por las fotos que ésa era yo; que yo era
alguien que lo quería. Una vez le mandé un perrito
y lo mató. Para que te des una idea de cómo se confundía.
Tenía dos añitos. Le dio una patada y mató al
perrito. Tuvimos que estar con psicólogo... Ahora tiene
27 años, y todavía está conmigo. ¿Sabes
qué dice?
“No,
si yo tengo aquí todo el tiempo que quiera de estar, porque
mi madre no me miró cuando yo era chiquito”. Vieras
que niño más dulce que es. A pesar de tantas dificultades,
logré asumir mi rol de madre, no al 100%, porque la revolución
me llevaba de acá para allá, pero si pude crear un
espacio estable para ellos. Y no me fue tan mal. Ahora tengo cuatro
hijos. |
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¿Qué hiciste
después del triunfo de la insurrección? |
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La
primera etapa estuve en la creación del Ejército. Ahí sentí el
machismo en vivo, a todo color, porque yo quería seguir en
el Ejército. Llegó la dirección cubana, y no
concibió ésto. Los asesores no concebían jefaturas
de mujeres. Yo ya era Comandante Guerrillera , y si me quedaba
ahí tenía que tener jefatura. Entonces la mejor manera
de sacarme fue darme tareas políticas. Yo quería seguir
en el Ejército, realmente. Me gustaba mucho. Pero, salí a
hacer tareas políticas en las que tenía ya mucha experiencia.
Mi primera tarea fue la Secretaría de Organización
de Masas.
El
Frente creó una estructura, la Dirección Nacional,
en la que ya no entró ninguna mujer. A pesar de que mujeres,
como Doris Tijerino, tenían mucha más larga trayectoria
que otros Comandantes de la Revolución, a ninguna mujer
nos dieron el grado de Comandante de la Revolución .
Nos dieron tres grados de Comandantes Guerrilleras . Para
que te des una idea, ahí no estaban Doris, no estaba Olga
Avilés, tampoco estaba Ana Julia Guido, todas las cuales
tenían más mérito que algunos Comandantes
Guerrilleros.
Después
del Ejército paso a la Secretaría de Organización
Popular. Después, esta Secretaría se junta con la
Secretaría de Organización Partidaria, con un Departamento
de Organización Popular. Yo pasé un año y
medio viajando a todos los rincones de Nicaragua a extender las
distintas formas de organización popular.
La
organización de mujeres era una de las pocas organizaciones
que ya tenía historia anterior. Porque las mujeres teníamos
una organización que se llamaba Asociación de
Mujeres ante la Problemática Nacional. Obviamente,
yo no participé en ella porque era una organización
legal, pero era la primera organización popular que se organiza
en la vida semi-clandestina. Había una organización
del campo, pero había que extenderla a todos los
rincones. Se crearon en los últimos días de lucha
las organizaciones territoriales comunitarias, que se llamaban
Comités de Defensa Civil que pasaron a constituirse como
Comités de Defensa de la Revolución.
Ésas
fueron mis tareas: empujar ésto y articular los esfuerzos,
articular las ganas de los nicaragüenses de organizarse en
cuanta cosa se les ocurriera. Porque había una sed de organización,
una sed de realización, del ser sujetos y constructores
de ese proceso tan maravilloso, que no era nada difícil
organizar. Ahí, más bien, lo que había que
hacer era dar lógica a aquella masa inmensa de gente que
quería participar, no quedarse afuera, hacer algo.
Éstas
fueron mis tareas hasta el año 82, en el que, precisamente,
por estar en eso, nosotros empezamos a demandar presencia del Gobierno
en los territorios y en los municipios, y a demandar la descentralización
del gobierno. Por ésto yo paso a ser Ministra de Asuntos
Regionales. También fui Viceministro de la Presidencia.
Se
decide descentralizar el país, porque el Estado somocista
era sumamente centralizado, sin presencia en ningún lado,
porque no le interesaba dar ningún tipo de servicio. La
Revolución más bien hizo crecer al Estado.
Es
cierto que el proceso no fue propiamente de descentralización .
Ahora lo conocemos más bien como un proceso de desconcentración ,
pero tuvo rasgos de descentralización, y esfuerzos de
construir poder desde abajo. Por eso yo estuve vinculada a esos
temas locales; porque, desde 1982 hasta la derrota electoral,
estuve trabajando en el proceso de descentralización.
Después
descubrimos que el proceso de regionalización había
desfavorecido al municipio como institución.
Y descubrimos al municipio como un ente que habíamos hundido
un poco con la regionalización. Porque lo primero que
hace el gobierno sandinista es crear un Ministerio de Asuntos
Municipales, pero cuando se da la regionalización, la
región absorbe y aplasta al municipio.
En
el año 86 descubrimos que el municipio estaba aplastado,
descubrimos la potencialidad del municipio, y volvemos a iniciar
un proceso de reconstrucción de la vida municipal que
implicó una Ley de Municipios , una serie de
instrumentos jurídicos, una serie de peleas contra la
lógica centralista y contra el mando. De manera que siempre
me ha tocado estar en el campo que tengo que batallar con los
de arriba y con el poder.
Cuando
hacemos las elecciones del 90, a mí me proponen ser
diputada. Pero como nosotros pensábamos que íbamos
a ganar, pido ser concejal, porque me gustaba más la vida
local. Fui concejal de Managua. Eso me genera una situación
especial, puesto que yo soy la concejala que me enfrento a Arnoldo
Alemán después de la derrota electoral. Porque él
fue Alcalde de Managua, después llegó a Presidente,
pero hizo una gestión en la Alcaldía de Managua totalmente
corrupta, y quien lo enfrenta, solita, sin respaldo del Frente
Sandinista como partido, soy yo. Lo enjuicié ante los tribunales.
Eso que haya sido concejala tiene que ver con que yo me involucro
mucho en el tema local.
También
estuve incorporada al Movimiento Luisa Amanda Espinoza en
los finales de los años 80, cuando comienza la crisis
del movimiento de mujeres. Empieza la crisis y la demanda de
mujeres por nuestros propios espacios, y por nuestras propias
banderas. Porque la lucha de la defensa de la revolución
envolvía todo y lo totalizaba, pero comenzamos a sentir
que teníamos banderas propias, reivindicaciones propias,
luchas que hacer por nuestros derechos y contra la exclusión
que ya se sentía.
Se
generó un conflicto entre la organización de mujeres
y el Frente Sandinista como organización partidaria, que
termina de resolverse después de la derrota electoral con
la reconquista de la autonomía del movimiento. |
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¿Cómo
fue el debate entre el sandinismo y el feminismo? |
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Después
de la derrota, el feminismo se largó por lo suyo. Había
surgido dentro del movimiento de mujeres un sector que fue estudiando
las ideas feministas, entendiendo la importancia de la autonomía
respecto a las banderas partidarias y sectoriales. Se dio dentro
de la Asociación de Trabajadores del Campo (ATC), dentro de
la Unión Nacional de Agricultores, y dentro del movimiento
sindical, el mecanismo de la secretaría de la mujer.
Fueron
verdaderas escuelas que permitieron radicalizar rápidamente
la comprensión de las mujeres acerca de la importancia de
su rol, y de la necesidad de luchar por sus propios espacios, sus
propias banderas y por lo suyo. Sin contradecir las banderas de
lucha sectorial, y su identificación como mujer del campo,
como mujer sindicalista, como mujer del movimiento comunal.
Esas secretarías fueron
verdaderas escuelas, que confluyeron en una especie de grupo o
de escuela de pensamiento feminista, que actuaba a través
de estas secretarías. En el Frente Sandinista se intentó actuar
a través del Movimiento de Mujeres Luisa Amanda Espinosa.
Después ese movimiento recupera su autonomía, pero
fundamentalmente para actuar en términos sociales, en términos
de buscar espacios de realización, de acciones sociales
que favorecieran esa equidad y esa igualdad. Es la vertiente de
la formación para dotar a las mujeres de herramientas para
acceder al trabajo, o para que no cayeran como única opción
en la labor doméstica. Era un movimiento que tenía
muy claras las banderas feministas, pero no era un movimiento exclusivamente
de pensamiento feminista.
Todo
eso fue una lucha muy grande, porque al Frente Sandinista y a las
mismas organizaciones sectoriales, no les gustaba mucho la autonomía
con que querían actuar las fuerzas de mujeres cuando se
planteaban una bandera. El tema del aborto, o los temas que implicaban
alguna ruptura o confrontación con los sectores más
conservadores del país, o el tema de la igualdad, o del
acceso a la Dirección Nacional.
Ahí,
incluso, hay que decir que las propias mujeres sandinistas, no
todas tuvimos claro, y yo me cuento entre las que en un momento
determinado no jugamos un rol claro y preciso sobre las identidades
de género. Estábamos más subordinadas
a los intereses partidarios y a las banderas partidarias, y mirábamos
con sospecha a las compañeras que planteaban sus propias
demandas.
Las
más orgánicas, las que estábamos más
metidas dentro del aparato y la estructura del partido, las mujeres
mismas, no siempre comprendimos, y a veces jugamos un rol de retardación
de esos procesos.
Yo
lo digo con toda honestidad. Las mujeres me lo dicen y yo lo reconozco
autocríticamente. Para el congreso del Frente Sandinista
del año 94, se planteó la lucha por la incorporación
de una mujer a la Dirección Nacional, que era Dora María
Téllez. En ese tiempo, Dora María Téllez venía
levantando junto con Sergio Ramírez banderas socialdemócratas.
Yo era de los sectores más radicales de izquierda. Entonces
yo tenía que escoger, entre tener una mujer en la Dirección
Nacional, o fortalecer las posiciones socialdemócratas.
Yo preferí negar el espacio a la mujer.
Mi
fidelidad al pensamiento ideológico radical de izquierda,
me hizo sacrificar la bandera de la incorporación de la
mujer, y de romper ese machismo que significaba una dirección
de nueve machos, de nueve hombres. Es un asunto que me costó a
nivel personal muchísimo. Durante mucho tiempo el movimiento
feminista me cuestionó y me criticó por esa actitud.
Las mujeres feministas no me sintieron en ese período como
una aliada.
Después,
desde la Dirección Nacional, de la que pasé a ser
parte desde 1997, yo hice aportes para la apertura del FSLN a la
mujer, incluyendo la conquista del 30%, y algo más durísimo
que fue ubicar en los cargos ganadores a un hombre, una mujer,
un hombre, una mujer.... lo que nos permitió tener una fuerte
representación parlamentaria. Eso me reconcilió con
el movimiento de mujeres, y en particular con las feministas, con
las que tengo ahora una excelente relación y participo activamente
en sus reflexiones.
El
movimiento de mujeres ha tenido sus vaivenes, y dentro de
ellas las feministas han tenido también sus vaivenes. Se
pasó por una etapa muy crítica, cuestionadora, y
de rechazo total a los partidos. Se retornó después
a la importancia de participar en los partidos políticos.
Actualmente
hay un rechazo de nuevo a los partidos, pero que tiene que ver
con la lógica que éstos han asumido: una lógica
absolutamente excluyente, no sólo de las mujeres. Excluyente,
de tal modo que solamente puedan participar quienes son absolutamente
subordinados a los caudillos.
En
Nicaragua se ha instalado el caudillismo. En la vertiente de izquierda,
es el caudillismo de Daniel Ortega, y, en la derecha, el caudillismo
de Alemán. Pero, casi no se diferencian en nada en una serie
de patrones. Entonces, el rechazo del movimiento a los caudillismos
lleva a un cierto rechazo a que la única manera de hacer
política sea la de los partidos políticos.
Entonces,
se retoma ahora un análisis de la acción política
a través de la propia organización y de las organizaciones
del movimiento de mujeres. Porque hay una enorme cantidad de organizaciones
de mujeres que actúan en distintos ámbitos: el de
la salud, la educación, la defensa del medioambiente, los
derechos de las mujeres en las zonas francas, las mujeres rurales,
organizaciones sindicales. De nuevo se busca cómo actuar
con banderas propias, de género, más en el ámbito
político, en el ámbito de poder, pero de manera autónoma.
La reivindicación de la autonomía no creo que tenga
vuelta atrás. |
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¿Qué lecciones
a tu entender nos deja la revolución sandinista? |
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La
revolución sandinista fue una necesidad histórica.
Por lo tanto, como protagonista de la misma, no me arrepiento de
uno solo de sus pasos. Fue un acto de masas. Fue un acto de pueblo.
Fue un acto de ciudadanía. El más grande de la historia
de Nicaragua. Y creo que fue uno de los actos de masas más
grandes del hemisferio, porque fue una revolución hecha por
todo el pueblo; que logra construirse como un gran esfuerzo de unidad
nacional, sin distingos incluso ideológicos. Si bien fue iniciado
por una vanguardia, se suman hasta sectores de la derecha.
Las
transformaciones que hizo la revolución eran absolutamente
necesarias. Tan necesarias que ni siquiera las podemos calificar
de socialistas. Eran indispensables para la sobrevivencia del sistema
mismo: la Reforma Agraria, una reforma urbana, en cuanto a redistribución
de la tierra rural y de la tierra urbana, de las viviendas; que
tuvo una dimensión social en lo que se refiere a la educación;
y tuvo un efecto sobre todo en la conquista de la propia identidad ,
del ser nicaragüense: en la dignidad, en el orgullo de
ser nicaragüense ; en la conquista de soberanía.
Digamos
que el factor fundamental por el cual la revolución es odiada
por los Estados Unidos es la soberanía. La revolución
se proclama como independiente de cualquier potencia extranjera,
y empieza a actuar en consecuencia con una propia política
exterior, que favorece las relaciones de apoyo y de solidaridad
de los pueblos que luchan. Y ese es el factor fundamental que utiliza
durante nueve años el gobierno de Reagan para tratar de
legitimar su agresión: que nosotros estábamos apoyando
al movimiento revolucionario salvadoreño, guatemalteco,
colombiano. Ése es el factor determinante.
Aunque
también considero que otro factor determinante era empujar
un modelo que era más peligroso que el modelo socialista. ¿En
qué sentido? Era mucho más atractivo para los pueblos
latinoamericanos el modelo sandinista, que el modelo socialista
como lo conocíamos en Europa del Este, e incluso en Cuba.
Porque era mucho más alcanzable, mucho más realizable,
mucho más vinculado a la propia historia y a la propia realidad
latinoamericana. El factor más subversivo era el ejemplo,
un ejemplo atractivo, que cunde. Porque, además, reivindicábamos
el pluralismo político, la economía mixta, la coexistencia
de distintas formas de propiedad y el no alineamiento. Entonces,
creo yo que, la lección más importante es que hay
que combatir, hay que luchar.
No
es necesario tener diseñado previamente todos los rasgos
del paradigma o del modelo de sociedad que querés construir.
Hay que agarrar el momento histórico, la oportunidad histórica,
y avanzar aunque sea un tanto. Y si ese tanto lo tenés que
avanzar con mucho sacrificio, con mucho dolor, son precios que
los pueblos tenemos que pagar para conquistar cada tramo de nuestra
historia, de nuestro porvenir. No lo podemos hacer sin sacrificio,
sin entrega y sin militancia. Eso fue lo que hicimos.
Cometimos
errores. El primer gran error fue que, a pesar de que habíamos
trabajado bastante en la guerrilla del campo y de lo rural, la mayor
parte de los guerrilleros regresaron a las ciudades y abandonamos
bastante el trabajo de organización política en el
campo. Tal es así que la Unión de Agricultores y
Ganaderos la creamos tardíamente, ya cuando el enemigo había
trabajado particularmente el campo, sobre la base de mentiras,
falsedades, que íbamos a comernos a sus niños, que
los convertiríamos en jabón, que los mandaríamos
a... ¡las cosas más inverosímiles se dijeron
en la guerra ideológica que tuvimos en esos días!
Se
decía a los campesinos que se les iba a quitar su tierrita,
que a las mujeres las separaban de los hombres, que a los niños
los mandábamos a campos de concentración. La ausencia
nuestra en el campo posibilitó y favoreció ésto.
Tuvimos
errores en la aplicación de la política de Reforma
Agraria. En algunos momentos, no fue la generalidad, quisimos implantar
formas de asociativismo o de cooperativismo, cuando no existía
todavía la voluntad del campesinado. Eso creó un
campo fértil para que el enemigo se alimentara, y desarrollara
los movimientos contrarrevolucionarios a partir del campesinado.
Sería mentira decir que fue una agresión montada
exclusivamente sobre factores externos. Se montó también
sobre errores en la conducción.
Por
ejemplo, en la relación con los sectores indígenas
no tuvimos la mejor relación; con la Iglesia Católica
confrontamos, incluyendo al propio Papa cuando llegó a Nicaragua.
Si querés ésto último fue montado sobre factores
justos y objetivos. Había un clamor por la posición
de la jerarquía de apoyo abierto a la contrarrevolución,
pero tampoco supimos manejarlo de la manera más inteligente.
También
creo que en algunos dirigentes se dio cierta soberbia y alejamiento
del pueblo. Pero, para mí, el factor determinante de la
derrota electoral fue la agresión, que favoreció el
desgaste físico, incluso, de un pueblo, que ya había
pasado una guerra contra la dictadura en la que había perdido
50.000 vidas, y estaba perdiendo diariamente a miles, entre muertos,
heridos, desplazados, mutilados. Se contabilizan otras 50.000 personas
en ese período, y se contabilizan pérdidas materiales
en 18 mil millones de dólares. Para un país que exporta
500 millones de dólares, imagínate: ¡Son 32
años de sus exportaciones! Ésta fue la cifra que
mandó a pagar el Tribunal Internacional de La Haya, que
tenía que pagarnos Estados Unidos. No lo digo yo. Nosotros
ganamos el juicio contra Estados Unidos por agresión, en
el Tribunal Internacional de La Haya, y mandó a Estados
Unidos a resarcirnos los daños. Todo eso confluyó en
los resultados.
Cuando
vinieron los problemas de la economía –porque
te voy a decir que hubo momentos en que los gastos de la
defensa eran el 60% del presupuesto; eso no hay economía
que lo resista–, tuvimos que pasar a la emisión
inorgánica que llevó a la inflación más
grande, creo, que ha tenido la humanidad.
Era
una inflación de más de seis dígitos, porque
teníamos periódicamente que recoger los billetes
y resellarlos. Un dólar llegó a costar casi un millón.
Ese desajuste en la economía no era exclusivo de Nicaragua,
pero en Nicaragua se expresó de manera tan brutal, debido
a la necesidad de sostener una guerra que costaba más del
60% del presupuesto.
Con
unas relaciones internacionales cada vez más estrechas,
donde se nos cortaron los financiamientos de todo tipo, Nicaragua
no volvió a ser sujeta de crédito de ninguna institución
financiera. Sólo nos sostuvimos por algunos créditos
bilaterales que nos dejaron una deuda externa muy grande. La mayor
parte fue renegociada, y una parte fue condonada; sobre todo la
de la Unión Soviética y la de la RDA.
Pero,
en las cuentas nacionales ésto era dramático. Eso
nos llevó en el año 89 a tener que hacer una desmonetización,
que fue la primera acción que concitó la molestia
más grande de la ciudadanía, porque tuvimos que recoger
todo ese dinero y cambiarlo.
Sabíamos
que habían contras que tenían millones en sacos,
por eso también tenía la operación un cierto
carácter contrainsurgente, pero dejó mucho descontento
en algunos sectores, y de alguna manera nos empezó a colocar
en el carril de las políticas de ajuste.
A
partir de esa operación, Nicaragua entró en las políticas
de ajuste estructural, no con la dimensión que después
se conocieron, pero el ajuste empezó ya desde la revolución,
y obviamente eso nos creó también pérdida
de consenso de la ciudadanía.
Pero,
yo diría que la revolución tenía todavía
grandes reservas. Por eso me duele mucho como estamos ahora. Cuando
perdimos las elecciones en 1990, había gente que había
votado a la UNO que lloraba; que había votado a la UNO porque
quería la paz, porque pensaba que con nosotros no iba a
haber paz, pero que no quería un gobierno distinto. Quería
paz, pero quería seguir con la Reforma Agraria, con un modelo
más humano. Hay encuestas y estudios que te indican que
una gran cantidad de población votó con la UNO no
por rechazo a la revolución.
Por
eso, yo sostengo que los resultados electorales posteriores ya
sí son resultado de nuestras propias incoherencias y de
nuestros propios errores; porque la derrota del 90 fue fundamentalmente
un plebiscito de paz o guerra, y no tanto de errores.
Algunos
dicen que hubo corrupción. Hubo actos individuales de corrupción.
Pero el gobierno, en general, no fue así. Trabajábamos
por valores, con la convicción profunda que teníamos
que construir una sociedad más humana. No quiero decir que éramos ángeles.
Pero, sí, fue un proceso muy puro, muy auténtico.
Los errores más graves vinieron después.
¿Qué descuidamos?
El factor ideológico, el factor de formación, el
factor de la conciencia. Partimos, y ésa es una reflexión
que hicimos algunos, casi de inmediato, que el poder era el control
del aparato, y descuidamos aquella visión de que el poder
se construye sobre la base del consenso, y sobre la base del establecimiento
permanente de acuerdos sobre lo que se va haciendo.
Cuando
tuvimos oportunidades importantes se desaprovecharon por parte
nuestra, por un poco de falta de visión de la importancia
de la construcción de ese poder, el poder popular, y el
trabajo permanente sobre la conciencia. Aunque teníamos
una escuela de formación ideológica, era muy al estilo
de las escuelas soviéticas. No incorporamos todo el caudal
de la experiencia de trabajo popular que habíamos hecho
durante los años de lucha contra la dictadura, no incorporamos
la experiencia de educación popular. |
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¿Qué sucedió con
esa riquísima experiencia de educación popular, que
tuvo un impulso especial en Nicaragua? |
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El
trabajo que se hizo de educación popular fue siempre realizado
por los movimientos cristianos, se incorporó en el trabajo
de la Asociación de Trabajadores del Campo (ATC). Pero, en
otras áreas no se incorporaron esas experiencias que habían
sido tan importantes y tan exitosas en la construcción de
esa conciencia para luchar contra la dictadura.
La
campaña de alfabetización fue una gran jornada, pero
no pudo tener continuidad bajo esa forma. No te digo que no se
hizo, porque desde el Ministerio de Educación se desarrolló lo
que se llamó la Educación de Adultos, que dio continuidad
a la Cruzada de Alfabetización, hasta llevar a una serie
de gente que jamás había estudiado hasta sexto grado.
Yo
tengo gente muy cercana a mí, y conozco mucha gente, dirigentes,
que te dicen: “Yo me alfabeticé en la Cruzada”;
y después continuó con la educación popular.
Pero, no fue un proceso envolvente, sistemático, y permanente. |
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¿Cuáles
son tus sueños actuales? |
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Sigo
soñando con una Nicaragua, una Latinoamérica y un mundo
más humano. Un mundo sin opresores ni oprimidos. Un mundo
de igualdad. Un mundo de equidad de género: donde las
mujeres ejerzamos nuestra condición de seres humanos con los
mismos derechos que los hombres. Un mundo que respete más
el medio ambiente, porque estoy completamente convencida que la destrucción
de la naturaleza es la muerte de la humanidad, y que por lo tanto
la defensa del medio ambiente, es una de las más importantes
banderas a rescatar en la construcción de ese sueño.
Sueño
también con un mundo con menos disciplinas, menos durezas,
y menos sacrificios de los que tenemos que pasar. Porque creo que,
al final de cuentas, todas las luchas y todas las dificultades
deben concluir en un mundo más alegre, más flexible,
en donde las realizaciones no tengan que pasar por demasiado trabajo,
sino que haya más lugar para el ocio, la distracción,
la alegría, las relaciones humanas más fraternas.
También
sueño con un mundo tolerante con las opciones sexuales.
Me parece lo más absurdo discriminar a alguien porque sea
lesbiana o gay, o porque sea libre en sus opciones sexuales. Creo
que la humanidad, que ha avanzado tanto en términos del
descubrimiento del genoma humano, de las tecnologías para
la comunicación, así como logró descubrir
hace tan solo 60 años –parece increíble– la
penicilina para la cura de las enfermedades infecciosas, va a ser
capaz de encontrar respuesta para esta enfermedad tan terrible
que nos domina, que es la exclusión, basada en el egoísmo,
en las ambiciones de una parte de la humanidad que se quiere apoderar
de lo que es de todos.
Sigo
soñando con eso que es muy parecido a lo que soñaba
cuando fui a aquella manifestación por Doris Tijerino. Entonces,
pienso que hay que seguir en lo mismo, con nuevas formas, con nuevas
maneras de articularse, con algunas cosas en común. De las
batallas que he tenido que dar en el Frente Sandinista, la batalla
de la educación, la batalla de la formación, de la
creación de valores, eso es permanente.
No
puede construirse ese nuevo mundo, si no hay una permanente labor
de trabajo entre unos y otros, una interactuación para la
creación de conciencia sobre la realidad, conciencia sobre
de dónde vienen las cosas, para saber que las podemos transformar,
que no se producen por sí, sino que son resultado de las
propias acciones de los seres humanos.
Sigo
creyendo en las posibilidades del ser humano de transformar eso,
con lucha, con trabajo, con resistencia, con acción consciente,
con articulación, con organización y con el respeto
a las distintas y variadas formas de lucha que escojan los seres
humanos. Yo no niego ninguna forma de lucha. Yo sé que la
lucha armada es una forma terrible, que algunos tuvimos que escoger
porque no tuvimos otras opciones. Esas serán opciones que
escoja cada pueblo de acuerdo a sus propias realidades. Y no la
condeno a priori a pesar que sé lo duro que es
la lucha armada.
Creo
que ese sueño puede ser realizado a través de la
creación de formas y articulaciones globales, en esta época
de globalización. Así como se globaliza y articula
el capital para oprimir a los pueblos, también debe articularse
a nivel global la lucha de los pueblos. Pienso que hay que seguir
en lo mismo. Luchando.
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