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Permítanme
al conversar ahora con ustedes, continuar el diálogo
con Gladys que realizamos en este libro. Sabemos ustedes y yo, sabemos
nosotros y ella, que hablar con Gladys es, de alguna manera, hablar con
el corazón rebelde de Chile. Sabemos también que en la
palabra de Gladys, dicen sus palabras muchos compañeros y compañeras,
que han hecho de sus vidas un canto de amor a Chile, a la humanidad.
Un canto libre. Un canto con fundamento. Un canto general.
En
1973, me asomé a la militancia en la escuela secundaria.
Abrazar entonces a la revolución chilena, era un gesto casi natural.
Era tan natural como tomar en sus brazos a una niña, como quien
levanta su primer bandera. Era lo más natural para mi generación,
no sólo en Argentina sino en toda América Latina. Así lo
expresan, de diferentes maneras, algunos de los que prologan el libro,
como Joao Pedro Stédile, dirigente del Movimiento Sin Tierra del
Brasil, Silvio Rodríguez de Cuba, Emir Sader de Brasil (director
de América Libre), como lo recuerdan nuestras madres de Plaza
de Mayo, a través de la palabra de Hebe de Bonafini, o como lo
denuncia la memoria registrada magistralmente por nuestro escritor enamorado,
Pedro Lemebel.
En
esos días
en los que los jóvenes cruzaban la codillera
para sumarse a la campaña de alfabetización, o a las brigadas
de muralistas, o a diversas tareas junto a la juventud chilena, supe
por primera vez de aquella muchacha amaranto, que animaba los esfuerzos
para que el socialismo chileno o mejor dicho para que la revolución
chilena, fuera una gigantesca obra de masas, una realización colectiva
con el enorme aporte de la juventud. En ese 73, pude divisarla desde
lejos, en una actividad en la que participó en Argentina. Tiempo
después, en septiembre, salimos a las calles para movilizarnos
por el dolor, la rabia, la indignación que en el mundo provocó el
golpe. Juramos entonces ir a Chile para ser parte del combate. Gritamos
hasta quedarnos sin voz. "¡Chile no se rinde!" "¡Vamos
Chile carajo!".
Casi
diez años después, y atravesada al medio por nuestra
propia y argentina dictadura -que extendió la geografía
de la dictadura chilena con las alas del Cóndor-, vine por primera
vez a Chile, a participar de los trabajos voluntarios en el territorio
mapuche, junto a la juventud chilena.
Allí volví a
encontrarme, aún sin conocerla, con “la
Gladys”, que animaba desde la clandestinidad la resistencia chilena.
La conocí gracias a los jóvenes y las jóvenes
amaranto, a los muchachos y muchachas rodriguistas, a quienes desde diversas
trincheras, comunistas, miristas, socialistas, cristianos, independientes,
se jugaban para rehacer en Chile la esperanza; para abrir de una vez,
las grandes alamedas.
Fue
en esas jornadas de la rebelión chilena, a las que traté de
compartir participando en distintas actividades solidarias en cada oportunidad
que pude durante los años 84, 85, y 86 -año en que me
expulsaron del país-, en las que aprendí las muchas maneras
que el pueblo chileno ha encontrado para endurecerse, sin perder la ternura.
Creo que esta síntesis guevariana, es la que ha ido modelando
el alma de la resistencia chilena. Endurecerse sin perder la ternura
jamás. Ese tal vez pueda ser también el retrato de la Gladys,
que sabe ser tierna y dura, dura y tierna, en el combate y en la amistad.
Así,
de dureza y de ternura, se ha escrito la rebelión
en nuestro continente, y en ella Gladys es una piedra más
de las muchas que levantaron el muro contra el fascismo primero y
contra la impunidad después. Una piedra más, pero una
piedra fundamental. De aquellas que se colocan en la base de la tierra,
para sostener el peso de las grandes construcciones.
Es
también,
Gladys, la piedra que los cabros jóvenes arrojan
contra los pacos, para lastimar su uniformada prepotencia.
Es
la piedra del camino que se sigue haciendo al andar.
Es –en
un tiempo marcado por tantas renuncias y deserciones- la piedra que no se quiebra,
la pasión que no se pulveriza.
Es,
al mismo tiempo, una de aquellas piedras que las olas del mar llevan y traen
hacia diversos destinos, para anunciar distancias y guardar misterios.
Es
el amuleto que guardamos en secreto, para que nos de fuerzas en los momentos
de tempestad.
Pienso
que no debe ser fácil para Gladys ser la piedra que sostiene
el muro y rehace el camino, la que levanta un puente entre dos orillas
para que el terror no complete su objetivo de partir en dos la historia
americana. No debe ser fácil, pienso, ser la piedra amuleto, en
la que creemos y en la que depositamos nuestra suerte.
No debe ser fácil ser todas esas piedras, y seguir siendo ella,
la Gladys, la niña de Curepto, la muchacha amaranto, la mujer
que recibe de manos de Fidel la Orden José Martí,
como una estrella que la revolución cubana coloca en el cielo
americano.
Porque
no es fácil, no creo que sea casual que una vez más
en su vida Gladys tenga que pelear para seguir siendo ella. Este libro
intenta ayudar, si puede, a esa batalla. Hacerse piedra en las manos
de todos ustedes, para que la usen como les resulte más conveniente. ¡No
está mal, finalmente, disparar cada tanto unos libros sobre los
pacos! Intenta contribuir a la multiplicación de la voz de Gladys,
nuestra voz, para que siga encendiendo corazones, para animar un nuevo
tiempo de rebeldía. Para que vaya y vuelva como las olas, acariciando
al continente en todos sus bordes, para continuar la historia, con más
esperanza que rabia, con más ternura que nunca.
Querida
Gladys, hermana del alma, compañera, amiga, corazón
rebelde de Chile: nuestro compromiso es claro. Seguir la pelea. Sacar
las fuerzas de abajo de las piedras si fuera necesario, para pelear por
América Latina, por Chile, y por vos, Gladys, por tu vida que
también es la nuestra, por los sueños que duermen en nuestro
territorio dormido, por la poesía que algún día
podremos escribir. Por el futuro que será nuestro sólo
si hoy luchamos, y si luchamos cada día mejor.
Mientras
tanto, Gladys, escribimos la historia de nuestra América
en la tierra que guarda nuestra memoria, la grabamos con piedras
afiladas en la Cordillera de los Andes. Como nos enseñó el
pueblo de José Martí, sabemos que nuestra honda es la de
David. Y con ella disparamos Gladys a la aurora.
27 de marzo del 2004. Santiago de Chile
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