Análisis de
la Actualidad |
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Estudios de la Coyuntura – Marzo de 2004 – |
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La
mano de Caín siembra el terror Análisis del asesinato de Carlos José Guadamuz y de sus consecuencias sociopolíticas.
Por William Grigsby Vado, para la Revista Envío, de Marzo 2004. |
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Hacía muchos años que la sociedad nicaragüense no vivía el terror político. Muchos años, pero poco tiempo. Los tres balazos que acabaron con la vida de Carlos José Guadamuz y aquel alarido espeluznante de su hijo Selim clamando por ayuda mientras socorría el cuerpo agonizante de su padre, sacudieron la conciencia nacional e inauguraron una fase cuyos alcances aún son difíciles de advertir. Más complejo aún es asumir las razones por las cuales fue asesinado. Todo resulta difícil, complejo y sobre todo, doloroso, por el tormento de la sospecha. ¿Cuánto corazón necesitaremos reunir para soportar las certezas? El crimen de Guadamuz somete a juicio no sólo a los autores materiales, ya capturados, e intelectuales, cuya identidad aún se ignora. También están a prueba la Policía Nacional, la Fiscalía, los tribunales y el Frente Sandinista de Liberación Nacional. Para entender las circunstancias del asesinato y eventualmente encontrar indicios de los autores intelectuales, es imprescindible aproximarse a la personalidad de la víctima, a su trayectoria política y, muy especialmente, su relación con un grupo de connotados dirigentes sandinistas, con quienes trabó durante 40 años una amistad profunda y contradictoria. A lo largo de sus 58 años, Carlos José se constituyó como el arquetipo de la controversia. En su temprana juventud fue valiente hasta la temeridad en el enfrentamiento contra la Guardia Nacional de la Dictadura Somocista. Julio López Campos, analista político y comentarista radial, uno de tantos amigos con quien Guadamuz tenía una relación de amor y odio, lo recuerda así: “Allá al comienzo de los años 60 en Nicaragua, cuando la dictadura somocista era una fortaleza inexpugnable, cuando se pensaba que tendríamos dictadura para siempre y cuando la mayoría de los nicaragüenses estábamos sometidos a las arbitrariedades y las crueldades y casi nadie tomaba el camino de la lucha contra la dictadura somocista, Carlos José Guadamuz emprendió ese camino, primero desde Juventud Patriótica y después desde el Frente Sandinista. “Carlos José pertenece a una generación de sandinistas que va bastante pegada, diría yo, a la generación que dio origen y fundó al Frente Sandinista. Y la verdad de las cosas es que cuando uno vuelve sus miradas hacia aquellas circunstancias, se encuentra con un joven –muy joven por cierto– pero lleno de coraje y de unas convicciones antisomocistas y antidictatoriales realmente sorprendentes, fuera de lo común. “Quienes entonces tuvimos la oportunidad de conocerle supimos de su audacia, de su decisión de luchar contra la dictadura, y nunca reparó Carlos Guadamuz en su seguridad personal. Fue en aquellas circunstancias en las que se contaban con los dedos de la mano los militantes del Frente Sandinista, un luchador, un combatiente de la resistencia urbana realmente valiente, audaz, incluso temerario. Parecía no conocer el miedo. Y desde entonces siempre me quedé con la impresión de que Carlos nunca conoció el miedo. Siempre hizo lo que él creía que debía hacer y siempre dijo lo que quiso decir. Algunas veces, incluso, no porque lo hiciera por convicción personal sino tal vez, y seguramente, en el contexto de orientaciones políticas”. A los 23 años, Guadamuz cayó preso después de una frustrada acción guerrillera. En la cárcel, escribió una auténtica lección de honor cuando durante meses resistió las peores torturas de los agentes somocistas y jamás delató a sus compañeros de lucha en el FSLN. Jacinto Suárez, uno de sus compañeros en las mazmorras de Somoza y su amigo desde la infancia, cuenta que mientras él estaba en su celda, todas las noches escuchaba los gritos horripilantes de Carlos José mientras le aplicaban el chuzo eléctrico o le torcían los testículos con una tenaza. Y entre cada aullido de dolor, Guadamuz clamaba: “¡Viva el Frente Sandinista!”. Durante la Revolución, Carlos abrió una nueva era en la radiodifusión nacional, cuando hizo de la voz oficial del estado la emisora más escuchada y la más creída por la audiencia, por el entonces novedoso formato participativo, dinámico e interactivo. Pero es en los últimos ocho años cuando se gana su mayor cantidad de críticos, adversarios y enemigos, muchos de ellos entre quienes alguna vez consideró sus hermanos. Después que salió de la cárcel, como parte de los 13 prisioneros liberados por el comando Juan José Quezada que secuestró a un centenar de personajes del somocismo la noche del 27 de diciembre de 1974, Guadamuz se refugió en Cuba y sólo volvió a Nicaragua, un par de meses después del triunfo de la Revolución. Durante su estadía en La Habana, fue curado de sus heridas y lesiones físicas pero los médicos cubanos poco pudieron hacer para mejorar sus traumas emocionales. De hecho, nunca pudo recuperarse y precisamente las consecuencias siquiátricas de las torturas y de los siete años que pasó encerrado en la Cárcel Modelo de Tipitapa, fueron siempre la explicación que utilizaban sus amigos y mentores políticos, para justificar sus excesos políticos o radiales. Uno de ellos, fue Daniel Ortega, entre quienes se forjó una relación de amor y odio, de lealtad hasta la complicidad. El padrinazgo de Ortega fue decisivo para que Guadamuz pudiese incorporarse nuevamente al FSLN. Hacia 1978, en La Habana, había renunciado a su militancia sandinista y había protagonizado no pocos problemas políticos con los cubanos. Y fue Ortega quien le entregó la dirección de La Voz de Nicaragua, el nuevo nombre con el cual bautizaron a la emisora del estado, satisfaciendo los deseos del propio Guadamuz quien había demostrado sus inclinaciones periodísticas desde principios de los años 60, cuando trabajó en uno de los más escuchados radioperiódicos del país. De hecho, sólo esa amistad con Ortega puede explicar por qué Guadamuz mantuvo el control de la radio, pese a que nunca se sometió a las directrices partidarias y abusó de los micrófonos de la emisora para denostar a cuanto dirigente sandinista presumía como competidor o rival político de su “hermano” Daniel. Se pueden relatar muchos ejemplos, pero baste uno sólo: ocurrió en julio de 1984, cinco meses antes de las primeras elecciones democráticas en la historia del país. Ese mes, la entonces todopoderosa Dirección Nacional se reunió durante seis días para discutir la estrategia electoral y, sobre todo, designar a su fórmula presidencial. En aquellos años, Tomás Borge era el líder sandinista de mayor popularidad y su encendida oratoria provocaba la fascinación de las masas. Entre los cuadros del FSLN, todos sabían que el entonces Ministro del Interior ambicionaba convertirse en el presidente de Nicaragua, autoconvencido de que había reunido méritos históricos suficientes. Por el contrario, Ortega poseía una imagen gris, con sus poblados mostachos, sus enormes y grotescos lentes y su cabello siempre desordenado. Sus discursos eran harto aburridos y espanta-gente, y su carácter conservaba visibles huellas de sus siete años prisionero. En algún momento de la discusión de los nueve comandantes, la balanza empezó a inclinarse hacia la designación de Borge como candidato. Entonces, aparentemente Ortega relató lo que ocurría a Guadamuz y aunque no se sabe de quién fue la idea, lo cierto es que la mañana siguiente éste tomó los micrófonos de la radio y lanzó un feroz discurso contra Tomás Borge, a quién acusó entre muchas otras cosas de traidor, delincuente, incapaz y ambicioso. Al final de la encerrona, los nueve designaron a Ortega y Sergio Ramírez, ya dominante en la Junta de Gobierno, como su fórmula presidencial. Si bien las diatribas de Guadamuz no fueron el factor determinante, sirvieron para que Ortega enseñara a sus colegas de la dirección, de cuánto era capaz para mantener el poder, sin importar las consecuencias. Esa fue la primera de centenares de intervenciones radiales lanzando todo tipo de acusaciones y de insultos contra quien se le antojaba, habitualmente sin más pruebas que su propio testimonio, y mientras Guadamuz tuvo el soporte de Ortega, jamás pagó consecuencias políticas. López Campos cree que el origen de semejantes excesos, es que para Guadamuz, “el Frente Sandinista era Daniel Ortega. Para él la Dirección Nacional del Frente era Daniel. Los demás no contaban. Cuando más para tener alguna actitud protocolaria. Y eso hacía que Guadamuz tuviese muchos problemas con dirigentes del Frente Sandinista”. No sólo el secretario general del FSLN apoyaba incondicionalmente a Guadamuz. Sus antiguos compañeros de celda y amigos de toda la vida, ocupaban posiciones políticas clave desde las cuales hacían todo lo que podían por protegerlo. Lenín Cerna, ex jefe de la Seguridad del Estado; Jacinto Suárez, ex secretario privado del General Humberto Ortega y ex vicecanciller; Manuel Rivas Vallecillo, ex jefe de Seguridad Personal del extinto Ministerio del Interior; y Leopoldo Rivas, ex ministro de TELCOR. Todos ellos conformaban lo que se llama el “círculo de hierro”, a quienes se suma un séptimo nombre: Dionisio Marenco, ex ministro de Comercio Interior (MICOIN) y ex jefe de Propaganda del FSLN. Con el general Ortega, la relación de Guadamuz fue casi siempre cordial pero distante; no se recuerdan roces públicos entre ellos. En cambio, con Marenco sí hubo vínculos amistosos, aunque también no pocas veces hubo tirantez. A raíz de la derrota electoral, Guadamuz creó Radio Ya, con el pleno respaldo de Ortega. Entre ambos inventaron una sociedad integrada por varios de los principales baluartes de la antigua Voz de Nicaragua: el cronista deportivo Edgard Tijerino; el cantautor Otto de la Rocha; el periodista Adrián Roque Cuadra, ex compañero de exilio en Cuba de Carlos José; y el locutor Conrado Pineda. Uno a uno, todos fueron saliendo de la emisora porque no soportaban la dirección autocrática de Guadamuz. Y cuando salían, renunciaban expresamente a la sociedad anónima propietaria de la radio. Así, Carlos José se adueñó por completo de la emisora y Daniel Ortega se ocupaba de atajar en su nombre las intensas presiones de otros dirigentes del partido, que pujaban por someter a la radio a las directrices políticas de la dirección sandinista, que a duras penas podía resistir la avalancha interna que pedía la democratización del FSLN. Hasta 1993. Ese año, Guadamuz había logrado un contrato para brindar servicios publicitarios a la alcaldía de Managua, en aquél entonces en poder de Arnoldo Alemán, quien ya había sacado sus garras, estaba saqueando literalmente las arcas de la comuna capitalina y pretendía crear un cuerpo policial a su servicio. “Managua cambia, la Alcaldía cumple”, decía el slogan publicitario que se emitía a toda hora en Radio Ya, especialmente en las trasmisiones deportivas. En abril, mientras se trasmitía un vibrante partido de béisbol, a eso de las ocho de la noche, la señal de la emisora quedó interrumpida. Unos 45 minutos después el propio Guadamuz denunciaba en Radio La Primerísima que habían asaltado la planta trasmisora, inutilizado a los vigilantes y habían causado destrozos a los trasmisores. Al día siguiente la radio pudo volver al aire, pero Guadamuz no quiso acusar a nadie por el atentado, aunque otras voces acusaron directamente a Daniel Ortega. Los anuncios de la alcaldía de Managua desaparecieron. A nivel interno, el FSLN iniciaba en 1993 una de sus peores crisis, cuando se desató la pugna entre dos tendencias: la socialdemócrata y la de izquierda. La primera, encabezada por Sergio Ramírez, tenía clara mayoría en los órganos partidarios y estaba integrada por todos los ex ministros y otros ex altos funcionarios del gobierno sandinista. En la otra acera estaban los dirigentes políticos intermedios. Ortega oscilaba entre ambas corrientes, y habitualmente se inclinaba por donde iba la mayoría. Al año siguiente, Guadamuz volvió a demostrar a Ortega cómo entendía la lealtad. En enero, se hacen públicas las agudas diferencias internas entre los sandinistas y mientras otros periodistas sandinistas tomaban partido por la izquierda y revelaban la naturaleza ideológica del conflicto, aquél ocupó los micrófonos de Radio Ya para calumniar a todos los dirigentes de la tendencia socialdemócrata, desde Sergio Ramírez, su hija María y la comandante guerrillera Dora María Téllez, hasta comandantes históricos como Borge, Henry Ruiz, Bayardo Arce y muchos más. Sergio Ramírez ripostó y llamó a las emisoras sandinistas “albañales radiofónicos”. Daniel Ortega guardó silencio. Al final, después del congreso de mayo de 1994, los “ramiristas” decidieron hacer tienda aparte. Guadamuz reclamó su premio y en 1996, se lanzó como candidato a la alcaldía de Managua. Eso colocó a Ortega en graves aprietos. Por un lado, no podía negarse a respaldar a su amigo, aliado y cómplice; por otro, sabía que Guadamuz no era un candidato ganador y si finalmente era electo, su gestión seguramente sería desastrosa. Y tercero, muchos de los nuevos aliados del secretario general, habían sido injuriados por el periodista en no pocas ocasiones. Simultáneamente, Herty Lewites, un viejo amigo de los hermanos Ortega y cuya gestión como Ministro de Turismo fue de mucho impacto, lanzó su candidatura por suscripción popular. A raíz de la fundación del Movimiento de Renovación Sandinista, Lewittes renunció a la bancada del FSLN y eso le impedía competir por su antiguo partido. Al final, las elecciones las ganó el Partido Liberal con Roberto Cedeño, y Guadamuz acusó de traición al aparato partidario y a su propio amigo Ortega, porque supuestamente habían orientado a la militancia el voto cruzado: por el FSLN en la boleta presidencial y por Lewites en la municipal. Guadamuz nunca pudo probar sus acusaciones, pero lo que sí es cierto, es que si bien Ortega no hizo trabajo subterráneo para que la gente votara por Herty, tampoco hizo mucho porque ganara Guadamuz. Incluso, puede decirse que casi nada hizo. Guadamuz nunca superó aquél incidente. Electo concejal, fue designado como jefe de bancada en el gobierno municipal de Managua, y ocupó su posición como una trinchera para enfrentarse al aparato partidario, encabezado por el secretario político departamental Emmet Lang. En esa guerra sin cuartel, Guadamuz se alió hasta con los liberales, modificó su respaldo inicial al pacto entre Ortega y Alemán, y empezó a denunciarlo, entre muchas otras cosas. Las cosas parecían fuera de control y Lang, harto que el secretario general no hiciera nada para frenar a su amigo, decidió primero destituir a Guadamuz de su cargo como jefe de bancada y después, en diciembre de 1999, expulsarlo del FSLN. Ambas medidas tenían como objetivo impedir que éste ganara la nominación para postularse por segunda vez como candidato a alcalde. Ante los hechos consumados y las intensas presiones del llamado círculo de hierro, Ortega se vio obligado a respaldar la medida. La furiosa reacción de Guadamuz, que llegó incluso a acusar a Daniel de abusar sexualmente de Rafael, el hijo mayor de su esposa Rosario Murillo, y respaldó las denuncias de violación presentadas en marzo de 1998 por la hermana de éste, Zoilamérica, aportando incluso escabrosos detalles. Esa fue la gota que derramó el vaso, y Ortega resolvió arrebatarle la emisora. Pocos días después de la expulsión de Guadamuz del FSLN, en diciembre de 1999, con la ayuda de Marenco y Cerna, organizó un grupo paramilitar que sin amparo judicial ingresó en el local de Radio Ya y la ocupó a la fuerza. Guadamuz, se había quedado sin nada y con sed de venganza. Había perdido a sus amigos, a su partido, a su radio y para remate, el hombre al cual culpaba de no ganar la alcaldía de Managua en 1996, era ahora el candidato sandinista. Por eso, pocos meses después, aceptó la propuesta del partido Camino Cristiano y corrió como su candidato a alcalde para las elecciones del 2000, con la esperanza de arrastrar a una parte del electorado sandinista, pero apenas pudo alcanzar el 1 por ciento de los votos. Para el 2001, su metamorfosis fue total: ingresó al Partido Liberal Constitucionalista, y lo nombraron como representante suplente de esa agrupación en el Consejo Supremo Electoral. Formó parte del equipo de campaña del candidato Enrique Bolaños, con la certeza de que una vez en el poder, le devolverían su radio o los equipos para fundar otra emisora o que le nombraran director de Radio Nicaragua. Pero no consiguió nada: ni le devolvieron la radio, ni le dieron otra frecuencia, ni le obsequiaron la dirección de la emisora oficial del estado. Desilusionado y desalentado, Guadamuz se había refugiado con un programa de comentarios llamado Dardos al Centro (que lo trasmitía cuando era dueño de Radio Ya) que trasmitía en un canal de televisión por cable de escasa influencia y en los últimos meses, había aceptado dirigir el departamento de prensa de Radio Corporación, la emisora de la extrema derecha del país y contra la cual había luchado desde La Voz de Nicaragua primero, desde la Radio Ya después. Precisamente, a las doce y media del mediodía del diez de febrero pasado, Guadamuz había salido de su trabajo en Radio Corporación hacia el Canal 23. Minutos antes de ingresar, William Augusto Hurtado García, ex subalterno del coronel Lenín Cerna en la Dirección General de la Seguridad del Estado (DGSE), lo abordó cuando bajaba de su vehículo, sacó su revólver 38 y le disparó tres veces. Guadamuz cayó mortalmente herido. De acuerdo con el médico forense, Hugo Argüello, el primer disparo penetró en el abdomen y le perforó el hígado. El segundo proyectil era con dirección al corazón, donde sólo dejó una marca y una seña en la mano izquierda con la cual la víctima intentó protegerse. El último disparo fue realizado cuando el cuerpo se desplomaba en el pavimento: la bala tiene orificio de entrada en la espalda con trayectoria hacia arriba y salida a la altura del cuello. Su hijo de 16 años, Selim, quien solía acompañarlo por razones de seguridad y caminaba detrás de su padre, lanzó el bolso que cargaba, golpeó al asesino y luego lo persiguió. En la huída, Hurtado disparó dos veces sin acertar sobre el muchacho, y cuando hacía el segundo disparó, se cayó. Inmediatamente, Selim lo dominó con una llave sobre el cuello, lo acuesta en la acera acuden en su auxilio, lo golpean hasta reducirlo. Luego, el muchacho se acercó al cuerpo de su padre, aún vivo, y lanzó gritos de ayuda. "Llamá una ambulancia", fueron las últimas palabras de Guadamuz. Una vez en poder de la Policía, se descubrió que Hurtado llevaba consigo doble vestimenta, una encima de la otra. También le incautaron la pistola con la cual cometió el crimen y una libreta de apuntes, en donde entre otras cosas tenía anotados 17 números telefónicos –8 celulares y 9 convencionales–. Según su cédula de identidad, Hurtado García nació en 1960 y se dedicaba al comercio. La Policía confirmó que el autor de los disparos también perteneció a la DGSE hasta 1987, cuando fue dado de baja y condenado a cinco años de prisión por falsificar la firma del entonces ministro del interior Tomás Borge, con el objetivo de obtener 1,200 pantalones jean, tan escasos en aquella época. Logró su libertad, unos días después de las elecciones de 1990. Hurtado también estuvo vinculado a la toma de la casa de la Unión Nacional Opositora (UNO), en 1990, al Frente Revolucionario Obrero Campesino (FROC) que lideraba Víctor Manuel Gallegos, alias “Pedrito El Hondureño”, y al Frente Unido Andrés Castro (FUAC), explicó el jefe de la Dirección de Auxilio Judicial (DAJ), comisionado mayor Julio González. Al día siguiente, la Policía capturó a dos personas más: Margarita Membreño, su esposa y presunta cómplice, y a Luis Alfredo García González, un abogado y también ex miembro de la DGSE, dueño del revólver marca Tauro calibre 38. García compró el arma en una tienda del Ejército en Managua, nunca la legalizó y sostiene que se la robaron de su automóvil entre el 28 y el 29 de enero, robo que tampoco reportó, puesto que no la había registrado. García González perteneció a la DGSE hasta poco antes de 1990, y en 1984 se desempeñó como jefe de Seguridad en el Aeropuerto Internacional de Managua. Después pasó a trabajar en las oficinas de Relaciones Públicas del Mint. A Membreño le incautaron en su agenda personal una hoja manuscrita por Hurtado –según confirmaron los peritos de la Policía– en la cual le dejó instrucciones precisas de cómo actuar. El manuscrito dice: "Llamar al teléfono 2774505, Departamento Cinco de la Policía y decir que te llamás Irma Montes, que llamás para informar que en el sector de la Colonia Centro América, en la calle del Canal 23, se ha estado viendo un carro todo sospechoso, que el carro es un Toyota moderno, color beige, vidrio oscuro, que no sabés la placa porque no anda placa atrás. Que en el carro andan dos sujetos todos sospechosos, que ya tienen 3 días de andar en esa calle, que ese carro se aparece entre las 12 y las 12:30 del mediodía y que por favor manden una patrulla y que los paren y los registren. Tenés que llamar a las 11:50 am". El comisionado Julio González, jefe de las investigaciones policiales, presume que “Hurtado buscaba con esto distraer a la Policía para que a la hora de los hechos, lo primero que nosotros hubiésemos hecho es buscar ese vehículo, y de esa forma él saldría de la escena. Éste es un vínculo que presumimos, era la conformación de una planificación de los hechos, y por eso vamos a buscar la vinculación de esta señora en los hechos". "Soy revolucionario de los legítimos y no de los que se dicen revolucionarios, y actué por cuenta propia", habría dicho Hurtado ante los policías que lo interrogaron. Según el comisionado González, el asesino aseguró que “en Nicaragua había más de un millón de personas que querían matar a Guadamuz, y que entre ese millón estaba él”. También dijo que él era oyente de su programa y escuchaba “cuestiones infundadas”. Todos los indicios apuntan a una conspiración. La gran pregunta es de si Hurtado sólo conspiro con su esposa y su amigo, o si simplemente fueron contratados por otros para ejecutar el crimen. La Fiscalía informó que, en coordinación con la Policía, trabajarían en varias líneas de investigación, asumiendo distintas hipótesis: que efectivamente Hurtado actuó por cuenta propia, como reacción a la posición política de Guadamuz; que alguien del FSLN lo mandó a matar por venganza o para evitar que revelara más información sobre algunos de los dirigentes de su antiguo partido o para impedir que volviera a tener una radio bajo su control; antisandinistas lo mandaron a asesinar para desprestigiar al FSLN en las próximas campañas electorales; o que alguien lo contrató para “pasarle la cuenta” por alguna deuda, ya que se rumora que Guadamuz estaba en malas condiciones económicas; o por último, por razones pasionales dado que había tenido problemas recientes con su viuda, Cristina López, y eran muy conocidas sus aventuras extramatrimoniales. Pero cuatro semanas después, ni la Policía ni la Fiscalía, han informado nada de los resultados de sus investigaciones. El juicio ha comenzado, y Hurtado mantuvo su versión de que actuó sólo, sin ningún cómplice, y pidió la libertad de su esposa y de García. En la opinión pública, la teoría más difundida es la de la conspiración política, sobre la base de las declaraciones del hijo mayor de la víctima, Carlos Guadamuz De Castro, quien dos horas después del crimen, acusó directamente a Daniel Ortega, a quien su padre consideraba su mayor enemigo y de quien temía atentara contra su vida. "Él es el verdadero autor, detrás del que disparó hay alguien más, el verdadero autor está en otro lado; espero que esta vez no salgan con que el asesino estaba bolo, drogado y que no sabía lo que hacía. Él tenía una pistola, estaba al acecho como un matón y no fuera de sí, y disparó a quemarropa, sabía lo que estaba haciendo; eso no fue planeado de un día a otro", dijo Guadamuz hijo, a las puertas del hospital donde estaba depositado el cadáver de su padre. Y remató: "la gente tiene que saber que a mi padre siempre lo amenazaron, pero nunca temió por su vida; si toda la vida has recibido amenazas llega un tiempo en que no las tomás en cuenta. Espero que esto se investigue a fondo, aunque no confío en la justicia de este país". El muchacho ha mantenido sus acusaciones todos los días, respaldado por sus hermanos y la viuda. Determinados medios de comunicación han sembrado la sospecha en particular sobre Dionisio Marenco –conocido como Nicho– y Lenín Cerna. La reacción de los dirigentes del Frente Sandinista ha sido dispar. Horas más tarde del crimen, el jefe de prensa del FSLN, Freddy García Eschke, firmó un comunicado en el cual en nombre de su partido “condena firmemente este acto criminal y demanda de las autoridades correspondientes el total esclarecimiento de estos hechos. Como posición de principios proclamamos que las ideas se combaten con ideas, por lo que condenamos firmemente este crimen que no solamente atenta contra la libertad de expresión y difusión de las ideas, sino que contra el más sagrado de los derechos humanos, como es la vida. Deseamos fervientemente que hechos de esta naturaleza nunca más se vuelvan a repetir y que los nicaragüenses podamos vivir en paz”. El mismo día, Tomás Borge, diputado y vicesecretario general del FSLN, fue el primero en referirse al hecho: "Este crimen está hecho para culpar al FSLN, no tenemos la menor duda". A su juicio, “es inconcebible que el Frente Sandinista haya sido el protagonista o el que ha concebido este crimen, por lo tanto, hay que pensar seriamente que quienes cometieron este delito están interesados en golpear o desprestigiar al Frente Sandinista, en el marco de la próxima campaña electoral, y a Nicho Marenco, en particular. Me llamó la atención que el crimen se cometiera al ingreso de un Canal de televisión, en las vísperas de una campaña electoral. Y también me llamó la atención las llamadas telefónicas que hicieron a ese canal, en las cuales le achacaron la responsabilidad del crimen a Nicho Marenco. El sentido común más elemental, te indica que Nicho Marenco o el FSLN cualquier cosa podrían hacer, menos poner en riesgo su campaña electoral, y un crimen de esta naturaleza, evidentemente, que si alguien lo hace, y se responsabiliza por eso, pondría en peligro su prestigio, su autoridad. Ese crimen está hecho para culpar al Frente Sandinista. No tengo ni la menor duda”. “Me llama la atención que la embajadora Barbara Moore esté visitando todo el país, tratando de unificar a las llamadas fuerzas democráticas contra el Frente Sandinista. Antes del asesinato, nosotros nos preguntábamos: ¿qué van a hacer los Estados Unidos para impedir la victoria electoral del Frente Sandinista? ¿calumniarnos? ¿decir cosas del pasado? ¿que éramos traficantes de drogas? Especulábamos sobre eso, quizás lo que iban a hacer era este asesinato. Tampoco lo puedo afirmar, porque es muy difícil sin tener suficientes elementos de juicios. No es más que un razonamiento un poco lógico, que no lo descarto, como no descarto que haya sido un hecho individual. Lo que sí descarto totalmente es que el pobre Nicho, que es un alma de Dios, esté detrás de un crimen que evidentemente lo va a perjudicar. “Si él fuera el hombre que mandó a matar a Carlos Guadamuz, un hombre tan entero como Nicho, no va a ser tan estúpido para hacerlo en este instante. Lo pudo haber hecho hace mucho tiempo o lo podía hacer después que sea electo alcalde de Managua”. Borge se preguntó: “¿A quién beneficia el crimen? ¿Beneficia al Frente Sandinista? ¿Si no beneficia al Frente Sandinista, a quién beneficia? ¿A quién perjudica? Perjudica al Frente Sandinista, beneficia a otros, al PLC o a la derecha de este país. Ahora me dicen que este muchacho William Hurtado estaba ligado al Frente Sandinista. Ya estoy desconcertado, porque no sé si fue un acto individual o fue un acto programado de previo, en una campaña antisandinista. Hay que averiguarlo a profundidad”. Un par de semanas después del crimen, Tomás Borge barajó tres tesis: que fue un grupo de gente extremista “que siempre hay en toda organización”, que fue un acto individual, o que fue una conspiración de la derecha, con cuadros sandinistas porque eso le da mucha mayor credibilidad. Y agregó: “Carlos Guadamuz no tenía credibilidad. ¿Qué razón, qué lógica puede haber de un pensante, de un cuadro que es candidato como es Nicho, y sabe que cualquier cosa le puede afectar negativamente, para mandar a matar a alguien que para nosotros no era problema?”. En cambio, Nicho Marenco habló dos días después del asesinato y consideró como una “desgracia” que Carlos Guadamuz haya trasladado a sus hijos “responsabilidades por un problema que Carlos tenía, casi patológico, contra Daniel, contra el Frente, contra mí, contra un poco de gente, después de que él se peleó con el Frente, o sea, las diferencias políticas de él con nosotros le llevaron a crear una serie de insultos, de calumnias y de decires espantosos, realmente insoportables. A partir de ese momento Carlos entró en una metamorfosis y se convirtió en el enemigo más salvaje que tenía el Frente, y el muchacho (su hijo) está repitiendo lo que dice el padre. Pero yo me pongo a pensar, decime ¿a quién no atacó Carlos Guadamuz? Te puedo dar la lista, de memoria te puedo decir: desde la presidenta Chamorro, pasando por el ex presidente Alemán, el actual presidente Bolaños, Sergio Ramírez, la hija de Sergio Ramírez, la Dora María Téllez, Mónica Baltodano, William Grigsby, Julio López, doña Violeta de Chamorro... Con quien él se iba peleando, se lanzaba con una virulencia tremenda”. “El señor Carlos Guadamuz –dijo Nicho– estaba no abusando, ¡estaba sobreabusando de la libertad de expresión! Y las cosas que decía hacían daño a muchísimas personas, un daño irreparable, cuando hacía acusaciones de homosexualidad, por ejemplo, para las hijas de dirigentes políticos, cuando decía que dirigentes políticos habían violado a sus propios hijos”. Marenco desmintió categóricamente cualquier vínculo con el crimen y descartó las advertencias que Guadamuz hizo en muchas oportunidades sobre el peligro que le acechaba y que atribuía a sus antiguos hermanos. “El Frente Sandinista no tiene absolutamente nada que ver con esto. En cualquier caso, el hecho de que alguien diga que vos sos responsable de lo que te pase, para mí no tiene absolutamente ningún valor”, dijo al día siguiente del crimen, y añadió: “lo que hacía Guadamuz, era curarse en salud de que lo podían fregar. Y si vos ves la lista de insultos y de personas que él tuvo en su contra, pues es casi todo Nicaragua, porque no hay un personaje que se haya escapado de esa cantidad de diatribas y de insultos que él profería”. Nicho también condenó claramente el asesinato: “Yo creo que nadie tiene derecho a matar a nadie. Ahora, que haya autores intelectuales, no lo sé”, y reconoció que “afecta al país, al proceso electoral, al clima inversionista, a la estabilidad de un país que se preciaba de ser el más seguro de Centroamérica. Aquí casi nunca habían hechos de este tipo, mucho menos contra la gente de prensa. Creo que afecta evidentemente. Ahora, que si va a afectar mi campaña, a mí me tiene sin cuidado, porque yo estoy haciendo una campaña por mi partido, por mis ideas, por mi punto de vista. Si la población percibe que fue el Frente quien hizo esto, obviamente va a tener un costo, si la población entiende que nada tiene que ver, pasará como un accidente más. Pero yo no me siento responsable de nada, ni tengo nada que ocultar, ni me molesta lo más mínimo. Me pueden decir lo que deseen. Yo estoy tranquilo y sigo con mi campaña normal”. Once días después, en una fecha emblemática, Daniel Ortega habló por primera vez. Y no se refirió explícitamente al crimen, mucho menos que lo haya condenado. El 21 de febrero, en conmemoración del 70 aniversario del asesinato del General Augusto C. Sandino, el secretario general del FSLN ocupó las tribunas del municipio de Ciudad Sandino, del barrio capitalino “Memorial Sandino” y de Niquinohomo, la ciudad natal del legendario guerrillero, para sencillamente repetir casi exactamente el mismo discurso. Primero, se refirió a la traición de que fue víctima Sandino y que le costó la vida; luego recordó la campaña de infamias que organizó su asesino, el dictador Anastasio Somoza García, para desprestigiarlo, y comparó aquella situación con la que ahora vive el FSLN. Luego recordó la acción justiciera de Rigoberto López Pérez, cuando ejecutó al asesino de Sandino “y continuó la dictadura, calumniando a Sandino, y decían que Rigoberto era un asesino porque había hecho justicia con Somoza. Parecía que aquella campaña de terror y de difamaciones iba a tener por siempre de rodillas al pueblo de Nicaragua; porque fue hasta en el año 1960, 61, 62, que empezó a levantarse nuevamente la bandera roja y negra de Sandino. Y esa bandera roja y negra de Sandino fue levantada nuevamente por el Frente Sandinista de Liberación Nacional. Entonces los oligarcas y vende patria empezaron con su campaña de desprestigio en contra del Frente Sandinista”. Después recordó otros pasajes históricos del FSLN, con la misma tónica de denunciar lo que considera son calumnias contra su partido. Y finalmente habló del momento actual: “Ahora que estamos en esta campaña electoral, que nos va a llevar a las elecciones municipales en el mes de noviembre, han recrudecido nuevamente la guerra sucia; porque ellos son expertos en guerras sucias. Así como han manipulado en otro momento situaciones trágicas, ahora intentan manipular muertos, para tratar de confundir al pueblo nicaragüense, para tratar de evitar una victoria del Frente Sandinista y la Convergencia Nacional. “No les queda más que la manipulación y nada más fácil que manipular a los muertos, perfectamente se podrían hacer hipótesis como las están haciendo en algún diario, que la muerte de connotados dirigentes políticos de este país, obedeció ya no solamente a intereses políticos foráneos, sino también a un interés de orden doméstico. “Estamos viendo ahora cómo tratan de manipular una muerte, después que el FSLN tomó una posición muy clara, pero ellos tratan de manipular la muerte, porque los de ese periódico que todos conocemos (La Prensa) tienen como candidato a alcalde, por el partido de la corrupción, a alguien que lleva el mismo apellido de la familia Chamorro”. Ortega aludía así al pre candidato a la alcaldía de Managua por el PLC, Pedro Joaquín Chamorro Barrios, quien también es accionista de ese diario. No hubo ninguna otra alusión de ningún tipo al crimen de Guadamuz. Entre los ex dirigentes sandinistas, excluidos por el propio Ortega por no someterse a sus dictados, las opiniones también exculpan al FSLN. El ex miembro de la Dirección Nacional del FSLN, Víctor Tirado López, recordó que ese partido “nunca realizó este tipo de actos terroristas durante la lucha contra Somoza, cuando se podía hacer, mucho menos ahora, cuando hay más amplitud para hacer política. Realmente, que vaya a culminar en esto, no lo creo. No, no sospecho del comandante Ortega. No sé por dónde puede venir este golpe tan condenable, y no sospecho. Lo que sí yo sospecho es que es obra de una persona u obra de dos o tres personas. Yo no creo que sea obra de una organización política ni mucho menos social. No creo. Guadamuz hablaba bastante y no sólo contra el FSLN o personalidades del partido, sino contra la Iglesia, contra Alemán, contra todo. Más que un crimen, es un error político, cualquiera que haya sido el autor. No hay elementos ni argumentos para acusar al Frente Sandinista. A lo mejor lo hizo la derecha, basándose en un hombre de izquierda. Cargarlo al FSLN, es meter en el mismo saco a los militantes activos y a otros sandinistas que no están dentro, que no son danielistas, pero que respetan al FSLN. No se debe condenar a todos por un solo acto". Otro ex miembro de la dirección nacional histórica, Henry Ruiz, Modesto, comparte básicamente ese criterio. “No es bueno especular. Tampoco hay que decir que fueron los liberales para que la culpa caiga sobre el Frente; mejor dejemos que la Policía investigue. Para mí no está en discusión si Carlos era un hombre polémico o si usaba un lenguaje fuerte. Cada cual habla como quiere, es su derecho. Hay unos que hablan fino y otros más abiertos. Aquí no sólo era Guadamuz, hay varios locutores como unos diputados que tenían un programa lleno de improperios. Uno se puede enojar con ellos, pero no tiene por qué ir a matarlos. La policía tiene que determinar si hubo una mano que financió, porque financiar es suministrarle un revólver y darle dinero, eso lleva a pensar que el asesino la pensó bien; que aceptó un trabajo y que iba claro de lo que haría. Lo que no puedo atreverme a decir es que eso tiene un móvil político. Pudo ser un fanático. Eso no me huele bien. Ejercer la plena libertad a veces se vuelve peligroso, y Carlos Guadamuz manejaba mucha información por sus propios vínculos. Además, no hay que olvidar que el crimen organizado se mueve en Nicaragua. El asesino actuó con todo el rigor con que operan los que matan. La delincuencia está creciendo en el país y eso es peligroso. Pero mejor hay que dejar que la Policía investigue, que encuentre lo que tiene que encontrar. “Existe la coincidencia de que los involucrados fueron de la Seguridad del Estado, pero yo no comparto que eso los vincule al FSLN. Hay que recordar que en la DGSE había mucha gente y hoy, unos te honran como ciudadanos de bien, pero hay otros que son unos desgraciados. Hay abogados que salieron de ahí y son unos cochinos, y otros que son excelentes ciudadanos. Pero no hay que fijarse en el estereotipo, lo que pasa es que en río revuelto ganancia de pescadores. Lo de Carlos Guadamuz es un crimen contra la libertad de expresión. Retroceso sería si dejamos que casos como éste se consoliden, se repitan y queden impunes”. Si en el caso de Ortega, el problema de su discurso fue su silencio, puesto que no quiso no sólo no condenar el crimen, sino que ni siquiera nombró a su antiguo camarada, las declaraciones del coronel retirado Lenín Cerna, echaron leña al fuego. El 23 de febrero, ante una batería de periodistas y sin que nadie lo provocara, explotó: “El señor Guadamuz fue un traidor, eso es lo que se ve todo el tiempo. Porque precisamente él renunció cuando estuvo en Cuba, al Frente Sandinista. En 1979 regresó a Nicaragua. El comandante Daniel Ortega le dio una oportunidad para la radio La Voz de Nicaragua. Posteriormente renunció al Frente Sandinista y se fue con Camino Cristiano y por último se fue con el PLC. Y digo que si hubo un error de parte nuestra y particularmente del Comandante Daniel Ortega fue haber tolerado tanto tiempo su presencia”. Luego, Cerna habló del asesino: “William Hurtado fue de la Seguridad del Estado. Hurtado participó en una oficina secreta nuestra, donde se manejaba la documentación de la Seguridad, y fue un excelente compañero, tuvo un problema, pero hay cosas que todavía no se escriben y que se van a escribir algún día para saber la participación de cada quien. De tal manera que Hurtado, para nosotros, no tiene un mal expediente. En el caso de Luis Alfredo García, igualmente fue un compañero, fue ayudante de mi oficina, un muchacho abnegado, venido de una condición humilde, con un gran esfuerzo logró graduarse. ¿Su delito es haber sido de la Seguridad del Estado? Bueno, eso es cosa de los que opinan. ¿Eran disciplinados? –– Como muchos compañeros. Yo te digo que incluso periodistas, fueron de la Seguridad del Estado. —¿Qué relación tenía actualmente con ambos? —Pues ninguna, porque, por distintas razones, yo estoy en un tipo de trabajo y ellos definitivamente están en otra situación o estaban en otra situación. —¿Pero ellos trabajaron en los comandos electorales del FSLN en las elecciones pasadas? —Sí. —Entonces tenían alguna relación con usted. —Todos los sandinistas, que se consideran como tal, deben de participar en la defensa de los intereses del sandinismo. —¿Marenco tiene problemas con su candidatura? —Claro que tiene problemas, precisamente porque está la campaña que han orquestado contra él. La campaña que le han lanzado sin más ni más. La campaña que incluso reproducen lo que el señor Guadamuz decía, sin ningún pudor.” Semejantes declaraciones causaron dos reacciones: por un lado, los sectores antisandinistas las denunciaron como una prueba de la participación del FSLN en el crimen; por otro, desde el sandinismo, un rechazo frontal. Por ejemplo, Julio López Campos –quien hasta 1998 fue un destacado dirigente del FSLN– las calificó como imperdonables “en resumen, fueron la apología del crimen. Y la apología del actor del crimen. Un partido como el nuestro, un Frente Sandinista como el nuestro, no puede, no debe, en ninguna circunstancia expresarse de esa manera. Cuando uno lee todas las declaraciones de los dirigentes sandinistas, ni una sola de ellas ha condenado el crimen. “Rechazamos con convicción y con fuerza y con energía los intentos de quienes han querido sacar ventajas políticas de este crimen. Porque nos resulta una ruptura con la moral, con la ética y con las normas básicas de la lucha política. Pero también hemos dicho y lo dijimos con toda franqueza: resulta imperdonable que no se haya condenado el crimen. Y el que no se haya tenido la entereza de condenar también al actor del crimen. Eso sólo abre los espacios para las especulaciones, las acusaciones y toda suerte de injurias. “El problema de fondo aquí es que cuando uno pone el Partido en manos de la mentalidad de la Seguridad y la Contrainteligencia, uno corre muchísimos riesgos. Porque un Partido, cualquier partido político y sobre todo cuando tiene una vocación popular y revolucionaria, es un Partido que cree en la gente, que confía en la gente. El Partido siempre está convencido que los ciudadanos, por la vía de la conciencia, por la vía de la lucha, por la vía de la explicación, los ciudadanos pueden cambiar y pueden incorporarse a las causas justas. Pero cuando la mentalidad que dirige al Partido, que organiza al Partido, lo hace desde la mentalidad de la Contrainteligencia y de la Seguridad, entonces el primer criterio no es la confianza, sino la desconfianza. Y allí donde normalmente el Partido ve compañeros, la mentalidad de la Seguridad y la Contrainteligencia ve sospechosos. Ahí donde el Partido ve al compañero que flaquea, la mentalidad de la Inteligencia, de la Contrainteligencia y de la Seguridad, ve al traidor potencial. Y hemos advertido a tiempo, y hemos hablado en privado sobre esto. Y no se ha querido entender. “Son cosas que tiene el Frente Sandinista que reflexionar con mucha seriedad. No estoy hablando ni descalificando a los compañeros que con tantos méritos y con tantas virtudes formaron parte de los Organismos de la Seguridad del Estado. Pero no se puede dirigir un Partido con una mentalidad policíaca. Por ese camino podemos ir al colapso de nuestra organización”. Pero la más sorprendente de las reacciones vino de la propia familia de Daniel Ortega. Su esposa, Rosario Murillo, circuló una carta pública dirigida a él, en la cual tampoco menciona directamente el asesinato, aunque lo condena, y en la que también se declara ofendida por las declaraciones de su marido, de Tomás Borge y de Lenín Cerna. Entre otras cosas, Murillo dice: “Los tristes, trágicos, acontecimientos de las semanas anteriores, han dejado en mí boca un más que amargo sabor. Por un lado, mi conciencia rechaza estos actos de brutalidad e incultura, y por otro, nuestra familia, y vos y yo, somos víctimas expuestas, indirectos y directos, de la barbarie y sus consecuencias. “Pienso que es posible enfrentar la saña, la rabia, el ahogo, el furor, de la derecha y del imperio, con inteligencia, dignidad y respeto por nosotros mismos y por los demás. Creo que no nos hace falta abonar con más leña, el fuego, las llamaradas destructivas que nos echan encima. Creo que no podemos convertirnos en otras caballerías salvajes, copias de las que nos lanzan, con el encono, la bestialidad y la absoluta inhumanidad, que histórica y mundialmente, ha caracterizado al imperio y sus expresiones locales. Creo que no podemos hacerle el juego, a los que desean vernos reducidos a la extinción del ideal y los valores, a la reproducción de su cultura corriente, decadente, chabacana, pérfida y negadora de los más altos afanes del ser humano. “¡Cómo hablar de futuro si lo niega nuestro lenguaje, nuestra rudimentariedad, nuestro ego implacable, sólo comparable al ego rudimentario e implacable de quienes nos han opuesto, infierno tras infierno, para aniquilar la belleza y el espíritu de trascendencia que nos anima, ése de donde venimos, aquel, adonde queremos llegar! “No podemos aprobar acciones que no fortalecen la identidad mítica del sandinismo. Podemos entender y comprender motivaciones, pero no creo que la mayoría de las y los sandinistas, y enfatizo, no creo que nosotras, las mujeres sandinistas, estemos de acuerdo en reivindicar, validar o justificar acciones o actores que, aún con intenciones explicables, demeritan, debilitan, opacan y apagan, en gran medida, la llama votiva de nuestro ideario y nuestra práctica revolucionarias. “Me siento en pleno derecho de reclamar que seamos coherentes. Una cosa es el lenguaje fuerte (y aún este tiene un límite), y otra la arrogante aprobación de actitudes o actos, impropios de una cultura civilizada y justa. Expresiones machistas de poderío, es decir, un sentido impropio del poder personal y político, no abona a que en nuestras propias filas y actividades, se busquen y desarrollen formas más respetuosas, armoniosas, apreciativas y estimulantes, de comunicación, relación y trabajo. “Como ser humano, como mujer y madre, como escritora, pensante, aportativa, me ofende, debo decirlo, la lectura que obligadamente –porque no soy ciega, ni sorda– hago de declaraciones como las tuyas, como las de Tomás y otros líderes, en semanas y días anteriores, incluso ayer. Me ofende y debo decirlo. Estoy segura de que muchas compañeras y compañeros comparten este sentimiento. Y no contribuimos, con nosotros mismos o con el país, en presente y futuro, en cultura y humanidad, si no lo decimos, y si no nos exigimos respeto y cambio”. Efectivamente, el discurso de Ortega fue una argumentación dizque "histórica", para compararse a sí mismo con Sandino, y para indirectamente homologar a Rigoberto con los asesinos de Guadamuz. Y lo de Lenín, es una clara redención de los asesinos, y una categórica descalificación de Guadamuz en tanto víctima. Ambos personajes, de hecho, reivindican el asesinato como una acción política correcta. Algo así como “yo no lo hice, pero está bien hecho”. Más allá de lo repugnante que resultan esas y otras declaraciones de los dirigentes sandinistas, y las naturales sospechas que despiertan, las consecuencias políticas del caso Guadamuz hacen descartar la presunción de que el crimen haya sido planificado por el FSLN como partido. Tan graves son esas consecuencias, por manipulación o por vinculación, que los sandinistas corren serio peligro de perder la Alcaldía de Managua y mucho más. De hecho, la figura de Daniel Ortega también ha sido golpeada, y por lo tanto, su eventual candidatura presidencial. Pero que los dirigentes del FSLN directamente vinculados a las candidaturas no estén involucrados, no significa que ningún militante, grupo o dirigente sandinista lo esté. Siguiendo la lógica de las preguntas policíacas, se pueden formular de una manera distinta a como lo hizo Tomás Borge: ¿a quién dentro del Frente Sandinista beneficia el homicidio de Carlos Guadamuz? Nadie ha descartado aún a los servicios de inteligencia norteamericanos o a las huestes arnoldistas como probables asesinos intelectuales. Sólo que es muy difícil creer que un “revolucionario de los legítimos”, como se autodefinió William Hurtado, contratado como matón, de pronto tenga una ataque de escrúpulos y sea tan leal que prefiera pudrirse en la cárcel, sólo y desamparado, sin delatar a sus patrones para disminuir su condena. Su grave error fue subestimar la reacción de Selim. De lo contrario, seguramente ahora estaría disfrutando de su libertad y otras cosas más en un sitio muy lejos de Nicaragua. En cambio, esa reacción parece provenir de un fanático, que se siente orgulloso de su acto brutal, satisfecho con la misión cumplida, a gusto con los efectos causados. Pero no de un fanático solitario. La organización de la cual hizo gala, su frialdad terrorífica y los vínculos conspirativos demostrados con su esposa y con García, prueban que se trata de una conspiración. Pero, ¿pudo actuar sólo con dos cómplices? ¿Acaso su plan de fuga era contratar un taxi, caminar o usar un autobús? Difícil de creer. Lo más probable es que tenía al menos un cómplice más. Y lo más importante: ¿a cambio de qué lo hizo? ¿simplemente para convertirse en un justiciero, animado por su fanatismo talibán? ¿o por la recompensa de la tenebrosa fama que se ha ganado? ¿o por dinero? ¿o porque tiene un jefe que necesitaba de ese crimen para fortalecer sus posiciones políticas? Otra vez: ¿a quién dentro del Frente Sandinista beneficia el homicidio de Carlos Guadamuz? O más aún ¿quién o quienes serían capaces de planificar una acción semejante? ¿qué razones o causas los podrían empujar a una acción terrorista? A partir de 1997, se han conformado en el FSLN distintos grupos de poder, pero desde el congreso de 1998, hay dos principales: uno, el llamado Bloque de Empresarios quien ejerce la mayor influencia en todas las esferas. Sus cabezas visibles son los hermanos Manuel y Ricardo Coronel Kautz, Herty Lewittes y Alejandro Martínez Cuenca. Detrás de ellos, el general retirado Humberto Ortega, y su poderoso caballero Don Dinero, quien públicamente se distanció desde principios de 2001, cuando censuró la designación de su hermano como candidato presidencial. Aunque no parece interesado en postularse para Presidente, el ex jefe del Ejército ha invertido todos sus esfuerzos en articular un grupo lo suficientemente fuerte como para si no determinar, al menos tener una influencia decisiva en la toma de decisiones de la organización, una de las cuales por supuesto, es la designación de los principales candidatos. El otro grupo de poder está integrado por los combatientes históricos, la mayoría de los ex militares y ex oficiales del Ministerio del Interior, los activistas y dirigentes de las organizaciones sociales y los profesionales del partido, entre otros, y están encabezados por Daniel Ortega, Lenín Cerna, Tomás Borge y Dionisio Marenco. Para las elecciones municipales de 2000, los Empresarios lograron ubicar a Herty en la alcaldía de Managua. En esta oportunidad, Daniel se les adelantó a cualquier maniobra y antes de siquiera planificarse las elecciones primarias, tan temprano como abril de 2003 (19 meses antes de las votaciones) lanzó a Marenco, uno de los hombres de su mayor confianza, como candidato y le puso como fórmula a un candidato incuestionable: el ex campeón mundial de boxeo Alexis Argüello. Su mensaje fue claro: esta vez, la alcaldía de Managua es mía. Uno de los candidatos que más atraía a los empresarios era Isidro García, cuñado de Lewittes y actual director de proyectos de la Alcaldía de Managua. Pero no tuvo tiempo ni de arrancar. Como premio de consuelo, le han ofrecido la candidatura para concejal, entre los primeros siete de la lista. Pero el Bloque respondió: en una maniobra astuta al mejor estilo del general Ortega, a principios de octubre pasado, más de dos años antes de las elecciones generales, el alcalde de Managua se auto propuso como candidato a la vicepresidencia. En privado, algunos empresarios comentaban que “la jugada consistía en preparar el terreno para que cuando llegue el momento, sea Herty el candidato presidencial, porque tenélo por seguro, Daniel no volverá a ser candidato”. Sin embargo, un triunfo de Marenco en Managua, lejos de debilitar, fortalecería la candidatura de Ortega, no sólo por su significado político, sino también por la formidable plataforma que implica la alcaldía capitalina. Otra posibilidad es que efectivamente la conspiración haya sido planeada y ejecutada por un grupúsculo fanático, extremista, fundamentalista. De hecho, ese tipo de grupos subyacen desde hace muchos años en las estructuras del FSLN y de cuando en cuando, son utilizados por los propios dirigentes para realizar determinadas acciones. Como la toma militar de Radio Ya, por ejemplo. Esos grupos gozan de una relativa autonomía que muchas veces se torna incontrolable. Su principal característica es que se consideran como “revolucionarios legítimos”. Unos se identifican hasta la idolatría con Daniel Ortega; otros, los menos, con Tomás Borge. ¿Será acaso que uno de esos grupos, es el autor del asesinato de Guadamuz y lo hicieron por cuenta propia para quedar bien con el “jefe”? ¿Será que Cerna y Ortega ya están enterados de todos los detalles, y por eso ni condenan el acto criminal ni a sus ejecutores? Si el homicidio de Guadamuz no se esclarece totalmente
de manera creíble y convincente, probablemente será desastroso
para las aspiraciones de Marenco. O si resulta implicada cualquier otra
persona directa o indirectamente vinculada a él o a Daniel Ortega,
como autor o autores intelectuales. Por eso es que a quien más
interesa que la Policía haga su trabajo, es al FSLN y en particular,
a Nicho y su secretario general. Ambos se juegan su futuro político. |
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